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¿Es demasiado tarde?

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Al regresar de La Sierra Nevada, aún en el bus que conecta a Minca con Santa Marta, me movió la curiosidad a preguntarle a Norman: “Tú, que has viajado por casi cincuenta países y debes haber visto mucho mundo, ¿crees que hay esperanzas de ayudar a detener el proceso de destrucción de este planeta?”. Me interesaba conocer la opinión de este viajero inglés de veintiocho años.

Los ojos azules de Norman revisaron el incendio forestal en la ladera desde una posición de estupor mientras pensaba. Estábamos a una hora de regresar a la ciudad, sedienta desde hace ya meses, de modo que le di tiempo para cavilar su respuesta. Mientras él parecía organizar disciplinadamente sus ideas y recuerdos, yo seguí conversando con el resto del grupo.

Los otros viajeros procedían de Denver, Colorado. Al filo de los treinta años, estaban ávidos de ver estos paisajes y culturas y de aprender a respirar y a relajarse. Habíamos terminado un retiro de yoga. Fueron cinco noches en una playa virgen al lado del Guachaca, en el Tayrona, en unas cabañas muy sencillas, sin electricidad y junto al mar, iluminados por la luna y las espermas. Al final, dos noches en Minca, en las lomas de la Sierra. Conversábamos sobre los beneficios de la respiración y la meditación como herramientas para observar el tumulto de pensamientos y emociones, y sobre las virtudes de las técnicas para reconectarse con su propia esencia y profundizar en sus creencias religiosas, si era el caso.

Reconocían en general la sensación de haber estado desconectados del mundo hasta que en Minca sintieron de nuevo la mala onda de las gigantescas torres de celular recién clavadas en las estribaciones del macizo. Habían notado el desasosiego que nace sin causas aparentes y que genera irritabilidad a pesar de estar rodeados de un paisaje hermoso; agradecían que el yoga les permitiera estar conscientes de estos cambios sutiles. El grupo coincidía también en las alabanzas gastronómicas. Los habíamos mimado con frutas tropicales, desde el intrincado sabor agridulce de la guanábana hasta la sutil y refrescante granadilla y el menú había incluido yuca, ñame, arroz de coco fresco y patacones.

Al final del trayecto, ya en la hoy polvorosa Santa Marta, organizamos el último almuerzo comunal. Le reclamé entonces a Norman su opinión en público. Tratando de no sonar como un amargo profeta apocalíptico, respondió: “Pienso que es demasiado tarde para salvar este planeta. Hay algunos esfuerzos locales muy valiosos, pero servirán apenas para vivir mejor el proceso de daño irreversible. Tengo claro que sólo cultivando la vida del espíritu podemos mantenernos optimistas”. Por espacio de varios minutos se tendió un silencio espeso. Tal vez había interpretado la opinión del grupo, pues nadie lo contradijo. Habló, quizás, en nombre de toda una generación sin esperanzas. Cuando el mote de queso apareció en la mesa regresaron la vida y el bullicio. La idea de Norman flotaba en el trasfondo como el ají topito en la superficie de la sopa humeante.

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