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Los estudiantes entran generalmente con chanzas y sonrisas a tomar sus clases de yoga en Barranquilla, organizada para víctimas del conflicto y para reinsertados.
Se acomodan en sus colchonetas, se tienden y procuran relajarse un rato antes de la clase. En las primeras sesiones, hace tres meses, los cuerpos se veían inquietos y las mentes perturbadas y dispersas. Hoy, después de un par de rutinas sencillas de posturas, respiración y meditación, se les ve el cuerpo suelto y quieto y la mente enfocada. Han recuperado notoriamente el bienestar.
Sin embargo este es un pobre pueblo apaleado. Las historias de las víctimas del conflicto son inenarrables. Y las de los victimarios son patéticas. Todo lo que se vea o se escuche o se investigue queda corto.
A la violencia, venida de demasiados frentes como la guerrilla, los paramilitares, la minería ilegal, el narcotráfico, las esmeraldas y la delincuencia común, se añade el crimen no menos atroz de un sistema de latifundios y corporaciones, que provoca desplazamientos “no violentos”. Por ejemplo, permitir que los baldíos destinados al campesinado sean usurpados para sembrar palma africana, es quizás la forma más sutil y cruel de la violencia. Estos factores han minado la salud física y la salud emocional del colombiano por varias generaciones. Estamos muy enfermos. El sistema nervioso de esta enorme cantidad de victimarios, víctimas y desplazados ha sido sometido a extremos, y el estrés postraumático es crónico y pernicioso, perpetuado por la violencia intrafamiliar hija de la pobreza.
El sistema de salud, a pesar de la nueva ley de febrero de 2013, que reconoce tarde la necesidad de promover la salud mental en Colombia, es aún inservible para el manejo de las enfermedades de la psique, que de todas maneras serían tratadas básicamente con medicamentos psiquiátricos ordinarios en tanto se organiza quién sabe cuándo la red de apoyo interdisciplinario que la ley propone y se habla en serio de equidad y de repartición de la riqueza.
Y mientras tanto, hasta que la paz pueda establecerse, este pueblo pasa sus días con ibuprofenos, en las colas interminables de las prestadoras de salud. Es verdad que algunas entidades del Estado ponen en marcha sus lerdas burocracias para ensayar paliativos que a duras penas mitigan los horrores, pero el Estado esquizofrénico otorga por un lado y quita por el otro y se legisla por igual para robar que para resarcir de mentirillas. Por eso es más importante elegir un buen Congreso que elegir un hipotético presidente bueno.
Lo más admirable es la capacidad de resiliencia de esta gente. Huérfanos, viudas, desplazados no una sino dos veces, testigos de atrocidades incontables, la mayoría se repite con voluntad de hierro que “p’alante es p’allá”, no baja la cabeza y todavía sonríe. Mantienen una fe ejemplar que va más allá de ser un opio paliativo. Los sostiene una fuerza imponderable. En las clases de yoga con estas poblaciones he sido testigo de la capacidad asombrosa de recuperación de un ser humano. Debemos prepararnos para cuando la firma de la paz suceda: hay esperanzas de comenzar de nuevo.