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La controversia sobre la construcción de una subestación de guardacostas de la Armada en nuestra delicadísima isla del Pacífico, tiene por suerte, sus tintes emotivos. Viví en Gorgona como funcionario del entonces Inderena, y luego, por un tiempo indeleble del año 1986, fui director del recién constituido Parque Nacional. Puse mi granito de arena en esas playas. Conozco el territorio. Y aunque no soy científico, mi ser humano sabe que lo que contemplé en esa porción de mar y tierra es una joya frágil que hay que tratar con gran cuidado, como lo entendió el país en su momento y lo sabía la comunidad internacional cuando añadió este Parque a la Lista Verde de la Unión para la Conservación de la Naturaleza.
Los investigadores siguen adelantado un inventario de esa riqueza irremplazable: corales, peces del área o visitantes ilustres como las ballenas, anfibios, mamíferos terrestres, aves de aquí y de allá, insectos, serpientes, plancton luminiscente… y varias especies endémicas de estos 26 kilómetros cuadrados de selva y sus alrededores de abismos y arrecifes. Los bosques húmedos se han recuperado de manera asombrosa después de la transformación de penal en isla ciencia. Las fuentes de agua dulce son un milagro: parecen brotar de la nada, en ese misterioso proceso que la naturaleza sabe conjurar para crear el agua. Hay un promedio de 50 arroyos.
Una de las excusas que precipitó abiertamente el proyecto de subestación fue el asalto de las Farc a la isla en 2014, el único, aislado, y con poco riesgo de que se repita. Es comprensible que se hable de la seguridad del Estado, y que sea la marina la que tome cartas en el asunto. Pero no hay verdaderas razones de peso para incrustar una estación de gente armada en medio de la isla del tesoro. Es como si para custodiar el diamante Koh-i-Nhoor de la Corona, perforaran en la piedra preciosa un agujero para engastarle un chip. Bien podría protegerse con una base en Guapi o en algún desamparado lugar del litoral: la distancia que hay de Gorgona al continente no es mayor que la que hay de Faca a Bogotá. Una lancha patrullera de la Armada se tomaría hora y media; para emergencias están los helicópteros.
Entre los daños que producirá la estación, de la larga lista que tienen los científicos, personalmente destacaría la contaminación auditiva y de sonares. Me ahuyentaría el permanente bullicio de motores y de ondas, como espantará a la fauna incluyendo a las ballenas, cada vez más cercanas al Parque Nacional. El radar perjudicaría a los murciélagos. Los ejercicios militares con las tropas tampoco son discretos. Es posible que con educados cadetes de la Armada no haya lío, pero son demasiados y muy jóvenes, acuartelados en la isla muchos días… y sería natural que importaran el alboroto que encuentran en los pueblos aledaños a las bases. ¿No es mejor de lejitos si Gorgona es santuario de investigación científica mundial y de turismo sosegado con visos de ecológico?
Es necesario un patrullaje de la zona, se concede, pues en el Pacífico no solamente hay narcotráfico, sino tráfico de especies maderables y pesca ilegal depredadora realizada por piratas nacionales y extranjeros. Pero hay formas de proteger un área protegida, con el mismo o menor presupuesto y ningún daño. La Armada, orgullosa, muestra un incremento en la captura de delincuentes en las aguas de la patria, y para lograrlo no ha sido necesario hacer un roto en el centro del diamante. El país debe continuar este debate.