Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Los políticos corruptos hacen que el restante diez por ciento luzca mal”, decía el astuto y brillante viejo Kissinger.
Porque hablar de políticos y de corrupción es casi siempre redundante: se han robado la comida de los niños, la educación, la salud, las carreteras, el agua, el amazonas. Sí, es posible que no sea nada nuevo, pero la percepción de que la putrefacción se ha incrementado no es solo subjetiva. Y, desde luego, no son únicamente los políticos, sino el ciudadano del común arreglando comparendos o sobornando funcionarios; los financistas de “Panamá Papers” o Interbolsa; las multinacionales del petróleo que logran —de un ANLA ya nacida espuria— licencias ambientales a dos cuadras de los parques nacionales; los policías que extorsionan a las poblaciones vulnerables; los sindicalistas; en fin, las pequeñas y grandes deshonestidades cotidianas. Apesadumbra pensar que este cáncer —frase de cajón irremplazable— no tiene al parecer mucho remedio, a pesar de que algunos hombres limpios, casi santos, se declaren optimistas. Bien por ellos. Cuando yo era estudiante de derecho hace 40 años, desde que supe que había que pagarle al secretario del juzgado para que los procesos funcionaran, perdí la inocencia muy temprano.
Hay quienes dicen que la “lucha contra la corrupción” es inherente al sistema, le conviene, lo mantiene y da créditos morales a los que quieren sacarle beneficios propios, y torcidos, a la corrupción de otros. No es descabellado pensar que así sea en muchos casos. Vemos en los medios que se juega a las sillas musicales: al ministro lo acusan, el procurador recusa, el fiscal excusa, el juez abusa, la Corte rehúsa, mientras el público se distrae con el juego, y los arreglos y componendas van por dentro. Cierto es que algunas entidades hacen su oficio y señalan a los culpables y las causas, pero no pasa nada, porque hace rato que, al menos en Colombia, cabemos en el dicho castellano que el Diccionario de la Real Academia pone como ejemplo: “Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija”. Y aunque afortunadamente todavía hay ilusos que creen que los buenos son más que los malvados, aquí hace rato estamos perdiendo la batalla. Un analista del tema proponía la idea de que la clase media, la más interesada en mantener el estado de las cosas, se echa al cuello su propia soga pues corrompe y se deja corromper, pero después la usan de caja menor para cubrir el desfalco. Interesante perspectiva.
Queda siempre la tarea individual de ser mejor, de tratar de guardar al menos la limpieza del espíritu, de cultivar lo que nos enseñaron los mayores sobre la integridad y la honestidad a toda costa. El problema es en últimas un asunto de moral, entendida como el anhelo de hacer el bien con nuestros actos. Desde luego está pasada de moda y muy pocos la entienden. Porque los valores han cambiado y las nuevas generaciones tienen la corrupción incorporada como mecanismo de defensa en un sistema en el que el dinero es la meta más preciada. Si no se la robaran, quizá la educación nos haría algo mejores.
Posdata: Los colombianos pendientes para defender La Macarena. La vida depende del agua y la sed no se calma con petróleo.