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Servicio social: Se informa a los poderes del Estado establecido en Bogotá, que más abajo de sus 4°35’56»57 de latitud septentrional, hay en el sur medio país (y nuestro continente) esperando a que el centro deje de mirarse el ombligo o de dirigir sus miradas arribistas hacia el norte.
Tuve la suerte de volver a Pasto. Muchos años atrás, después de un infame aterrizaje en el aeropuerto de Chachagüí cuyos vientos de cola transforman al avión en una cometa enloquecida, prometí que después de esta emergencia nunca declarada en la que gritamos por igual pasajeros y azafatas, jamás volvería a llegar por via aérea. Así que la vuelta a esas montañas la realicé por tierra. El invierno inclemente puso a la camioneta de una empresa de taxis a navegar desde Jamundí hasta Popayán. La mitad del camino la flotamos y la otra mitad, en las zonas montañosas y deleznables del Cauca, negociamos la senda por entre los derrumbes. En el trecho de mayor dificultad había un voluntario campesino con garlancha que por unas monedas removía los pedruscos y abría paso. Mientras tanto, las máquinas encargadas de esa trocha pretensiosamente llamada ruta Panamericana, reposaban sus palas y sus fauces en algún lote oculto mientras sus operarios seguramente se flagelaban el hígado en la Semana Santa en Popayán.
El conductor de la Aero Van anfibia venía narrando historias de Tumaco: cómo le habían quemado un vehículo a su primo hacía dos días, y los encapuchados habían incinerado esa semana muchos carros y buses y el alboroto de la gente de COCCAM (La cooperativa de cultivadores de coca, marihuana y amapola de Nariño) por el incumplimiento de los pactos tenía en el Eln su adalíd; que la sustitución forzada de cultivos era un desastre con Esmad a bordo y las noticias no registraban esos hechos y los cultivos crecían en tanto descendía el precio de la coca mientras las cifras “invertidas” en la carretera nunca terminada Pasto-Tumaco se calculaban en 70 veces su costo original. Sólo interrumpió el relato para tomarse un kumis gratis en uno de los paradores de la vega del mermado rio Patía mientras los pasajeros descansamos las piernas y aliviamos la vejiga. Concluí que Tumaco es nuestra “madre de todas las bombas” y con muertos recientes poner en práctica los Acuerdos de Paz será tarea ardua.
Ya llegando a Pasto disfrutamos la doble calzada, de kilómetro y medio, frente al aeropuerto. Dos de los pasajeros que habían permanecido taciturnos se animaron y empezaron con humor pastuso a contar que estaban orgullosos de haber logrado, a través de paros y protestas cívicas, eliminar el pago del peaje de la vía fantasma que yace inacabada bordeando la quebrada Mijitaya. “Nosotros, la verdad —decía uno— nos sentimos más andinos que colombianos”. Interesante frase. Y se burlaban de la inauguración del puente en Rumichaca, hecho por los ecuatorianos en seis meses e inaugurado por nuestros dirigentes en seis horas. De la frontera para abajo, carretera Panamericana extraordinaria, y del puente para arriba, el inveterado rastro estrecho por el que el contrabando de gasolina y bienes se adentra en un país de presumidos que no tenemos inconveniente en despreciar a los vecinos que hace rato, si de desarrollo se tratara, nos dieron sopa y seco. Hay que volver la cara al sur para reconectarnos de nuevo a este hemisferio.