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Los niños al matadero (con música de ‘Mi agüita amarilla’)

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A estas alturas de la situación del planeta, a todo ser humano en edad escolar deberíamos llevarlo de visita a por lo menos tres monumentos de la civilización que hemos construido: un basurero, un matadero y una planta de tratamiento de aguas residuales.

De lo contrario la “educación ambiental”, obligatoria en el currículo colombiano, se queda en la teoría y no ayuda a sacudir la alienación de la naturaleza en la que viven nuestras clases urbanas: la carne viene del refrigerador, la basura va al camión y el agua corre hacia el sifón sin aparentes consecuencias.

Visitar un basurero —llámese botadero al aire libre como en la mayor parte de los municipios, o relleno sanitario en las ciudades que pueden manejarlo— es una verdadera lección interactiva que sólo en vivo puede cambiar la visión del niño: las literales cordilleras de desechos, los olores, los líquidos inmundos de los lixiviados, los seres humanos que viven de revolcar basura ajena, deben producir un impacto tal que obliguen a reflexionar en serio acerca del reciclaje, la minimización del consumo de superfluos, la estupidez de producir químicos venenosos y metales tóxicos y la invención del plástico. Si la persona que les guía la visita no dijera mentiras, tendría que recordarles a nuestros niños que los lixiviados ya no caben en sus piscinas impermeables y que al desbordarse contaminarán el agua y los acuíferos; que nadie dispone de las pilas tóxicas como debe hacerse, que las bolsas plásticas son parte integral de esas montañas, que el desperdicio de comida es demencial o que las llantas de los automóviles ya no caben en enormes extensiones que podrían cultivarse con maíz o yuca.

La visita al matadero, eufemizado como “central de beneficio” o “central de sacrificio” —casi un templo— les permitiría entender a nuestros hijos lo que implica este consumo. Les abriría los ojos sobre el trato que les hemos venido dando a los animales que comemos, las implicaciones de los desperdicios orgánicos o el impacto ambiental sobre las aguas o el aire de metano. Más de un escolar reflexionaría sobre el proyecto de ley en curso que sanciona el maltrato animal y se preguntaría si quiere ser vegetariano o vegano, para desesperación de sus progenitores criados en la escuela nacional de que si no hay carne no hay comida.

Llevar al escolar a una planta de tratamiento de aguas residuales, si la hay en su región, es recordarle que todo lo que arroje por el caño —papeles, condones, drogas consumidas, exfoliantes de minúsculas bolitas plásticas fatales para los corales, aceites, detergentes…— va a parar al río y al mar, si no permanece en unas putrefactas y hediondas lagunas mientras le llega el turno de filtrarse a los acuíferos. Los escolares entenderían cómo una civilización que se caga en el agua que bebe está destinada a desaparecer. La responsabilidad de dejarles a los niños este globo averiado ha sido nuestra, de varias generaciones hacia atrás. Pero hay que mostrarles la verdad a quienes vienen para que comiencen a pensar lo que quieren hacer de su planeta, aunque nos pasen cuenta de cobro.

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