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Manifiesto ecomodernista: ¿perros de la misma pela?

Ignacio Zuleta Ll.
05 de octubre de 2015 – 09:00 p. m.

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En abril de este año, un grupo de pensadores de Oakland, California, lanzó un manifiesto que ha producido burbujas, aplausos y ampollas entre los ambientalistas.

Hace unos días sus integrantes hicieron en el Reino Unido su relanzamiento para Europa. El grupo, llamado Breakthrough Institute, argumenta —según excelente resumen de Michelle Nijhuis del New Yorker— que «la tecnología, apoyada y acelerada por la inversión gubernamental, puede permitirle simultáneamente a la humanidad mitigar el cambio climático, proteger el suelo y aliviar la pobreza». Los ecopragmatistas, como se denominan a sí mismos, «aprueban la urbanización, la agricultura intensiva, la energía nuclear, la acuacultura […] y desaprueban los suburbios, la agricultura de bajo rendimiento y las formas de energía renovable que exigen grandes cantidades de tierra».

Casada la pelea. ¿De verdad queremos urbanizarnos al extremo? ¿Y qué sería de los seres humanos cuyas culturas dependen del territorio para la supervivencia física y cultural? ¿Es verdad que la agricultura intensiva es más sana para el planeta que las pequeñas parcelas ecológicas y que además rinde más frutos? ¿Queremos energía nuclear y chernobiles-fukushimas?

Desde luego no se han hecho esperar las reacciones de todas las gamas de verde. Mi periodista británico preferido, George Monbiot, intitula su columna en The Guardian al respecto: «Conozca a los ecomodernistas: ignorantes de la historia y paradójicamente pasados de moda». Y añade en el subtítulo: «La gente que está detrás de un manifiesto para resolver los problemas ambientales a través de la ciencia y la tecnología es inteligente, aunque está equivocada en sus supuestos sobre la agricultura y la urbanización».

Otros, no sin razón, han tildado de utópico el Manifiesto. Cuando hablan de libertad, por ejemplo, ¿olvidan acaso que en un sistema de mercado neoliberal las corporaciones son el nuevo Estado post democracia? O bien, dejan sin resolver problemas como el del éxodo hacia las ciudades, y olvidan que las ciudades pueden ser el infierno y requieren de un cinturón de industria, miseria y contaminación que contradice el propósito de dejar a la naturaleza preservada mientras la actividad del antropoceno ocurriría teórica y puntualmente en la urbe y las granjas intensivas.

Otra de las ideas ambiguas y discutibles del texto quizás sea la que afirma que «[l]os ecosistemas del mundo están amenazados porque la gente depende de ellos en exceso». Y se proclama entonces como solución un «desacoplamiento», una disociación entre el hombre y el mundo natural. Dejemos quieto al planeta, vivamos en los falansterios citadinos, labremos la tierra de manera intensiva, a lo gringo, y así tendremos de nuevo flora, fauna y primavera, esas hadas madrinas de los cuentos.

El tema y la discusión, apasionantes si los hay, dan para reflexiones que son quizás lo que estos provocadores muchachos del think tank californiano pretenden suscitar. Personalmente estoy aún en período de digestión de estas ideas. Por el momento doy noticia e invito a los lectores a revisar la cuidadosa traducción al español del Manifiesto realizada por Andrés Hoyos (http://bit.ly/1Q1lKUD).

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