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Buenas noticias: hay voluntad política de tratar de crear conciencia sobre el uso de las odiosas bolsas plásticas.
El Ministerio del Ambiente está liderando la campaña llamada Reembólsale al Planeta, en asociación con la Fundación para la Vida Salvaje (WWF por sus siglas en inglés), otros Ministerios y Secretarías distritales y entre otros, gremios como Fenalco y Acoplásticos (de quienes esperamos que este no sea uno de sus trucos de mercado). Ya era hora y bienvenido el esfuerzo. El país no aguanta más bolsas desechables. La idea de involucrar y educar al consumidor en la utilización de métodos alternos como canastos y bolsas de tela es una necesidad planetaria ética y estética.
Desde luego el problema de la utilización de bolsas plásticas no es solo colombiano. Recuerdo con cierto escalofrío hace diez años en una ciudad de la India, Patna, a donde tuve que ir por asuntos personales. En frente de la casa en donde estaba alojado había un parque, maltrecho como casi todos en ese estado de Bihar, y unos obreros estaban excavando para pasar los tubos de la alcantarilla. Habían cavado quizá cinco o más metros. Me arrimé a curiosear y para mi sorpresa los estratos geológicos ya no eran tales: había algo de barro primigenio, ciertamente, pero el 80% de la “tierra”, a cinco metros de honduras arqueológicas, era bolsas de plástico. Ya cuando regresé al país años después, quise volver a visitar el Cabo de la Vela que había conocido cuando todavía se podía llegar en auto-stop de camión de contrabando en los años de upa. Lloré mucho. Cada cactus, cada dividivi, cada caserío está ahora infestado de bolsas de polietileno; macabros adornos de una navidad de basurero. Y así con la carretera de Barranquilla a Santa Marta en Tasajera, Pueblo Viejo o Ciénaga, con las cercanías a los rellenos sanitarios, con los pueblos de palafitos del Pacífico: literalmente cubiertos en un polietileno indestructible que además de aterrador pone en serio riesgo la vida marina.
Por eso es tan importante la campaña, que debería convertirse en permanente y ser adoptada y multiplicada con ahínco. Si los productores de plástico aceptan que su producto no es exactamente ideal para el planeta, si los supermercados y las tiendas entienden la importancia de usar bolsas de telas y canastos y si todos pensamos en cómo volver “atrás”, que sería en realidad dar un paso adelante muy sensato —con envases reciclables de vidrio, lata y cartón, empaques biodegradables, mejor aún, compostables y un poco de inteligencia ambiental y ciudadana— podremos empezar el trabajo de reconstrucción de un entorno malherido y minimizar los daños que un sistema perverso de consumo ha producido, a sabiendas, para su propio beneficio. Pero si el ciudadano se despierta, toma conciencia, entiende quién y porqué lo manipula, sale de su burbuja individual y co-labora (ya que está tan de moda la palabra, laborar en conjunto con el otro), entonces sin duda hay esperanza.
Posdata: En la misma línea: lo normal es que las “cantaletas” de los ambientalistas saturen y causen eventual molestia y reacciones negativas. Pero acaso ¿será mucho pedir que la minería, la industria y la ganadería indiscriminadas no acaben con el AGUA? Por eso es importante que sea la ciudadanía misma la que entienda el papel primordial que puede jugar para defender su entorno y sus derechos.