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No me trago la TV

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La tirana mayoría ha entronizado a su execrable majestad, el televisor plasma, en la cabecera de la mesa del comedor.

Quedan pocos restaurantes en los que no se haya impuesto la mala maña importada de comer con ese aparato como fondo. Es natural. Si en el comedor de la casa, usado alguna vez para conversar a la hora de la cena, ahora el que preside es el presentador del noticiero, ¿qué se puede esperar de un sitio público?

El concubinato entre televisión y alimentación es antiguo. La versión light del imaginario gringo se limitaba a las crispetas con cerveza, hasta que aparece en los años sesenta el invento de la TV dinner, esa imitación congelada de una cena, que hizo exclamar en 1962 a la periodista y chef Betty Wason: “La TV dinner es tan suculenta como un papel higiénico a medio asar”. Pero siguió el romance entre el artefacto y la comida, y la soledad de los gringos exigió que cada restaurante y cada cafetería —por dejar tranquilos a los bares— tuviera siempre un televisor encendido. En Colombia, en donde somos tan listos y modernos, no tardamos en copiar el hábito, y de buena fe los comerciantes complacen a los clientes para así sepultar las conversaciones familiares y amistosas que se cultivaban entre plato y plato. El resultado es una sociedad de dispépticos adictos a la tele.

Como además coinciden las horas de comida con los violentos noticieros, las opciones del menú contemporáneo que se ofrecen en una televisión con restaurante pueden ser, por ejemplo: cuchuco con espinazo de político, caldo de lengua, cazuela de militares al banquillo y, de postre, María Luisa con mucha mermelada o envuelto de Maduro, acompañado todo con jugo de curul. Eso, ¿quién lo digiere?

Como los cortes de edición entre escena y escena, especialmente durante los comerciales, son cada vez más rápidos y activan el reflejo de orientación del cerebro una vez por segundo, la mente se hipnotiza y se distrae. Comer en esas condiciones produce que no se mastique el alimento, no se disfrute y se engulla en exceso. Los psicólogos dicen que la gente que come o bebe con la mente distraída requiere que las cosas sean más dulces, saladas y ácidas para sentirse satisfechas, y en consecuencia comen más, lo que puede llevar al sobrepeso y a una permanente indigestión. Súmele al menú las noticias que deben producir intencionalmente adrenalina para atraer audiencia y tendrá la receta perfecta para el malestar.

El individuo que se atreva a pedir siquiera un volumen más bajo se expone a los insultos del vecino de mesa que tiene el tenedor ensartado en una papa y los ojos clavados en las bellas imágenes de la guerra en… ¿Siria? Y como los decibeles suelen sobrepasar el límite aceptable, el comensal amante del silencio o de la buena charla está cada vez más aislado del rebaño. Es que después de asistir al espectáculo de un corrientazo lleno de compatriotas deglutiendo enteras las noticias coaguladas de las doce, uno se cuestiona lo que somos; si, como dice el sabio, “el hombre es lo que come”.

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