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Ignacio Zuleta Ll.
05 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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No son muchos los que se han divertido con las guerritas de la paz, esas rencillas polarizadas entre los pacifistas que se ajustan a lo mejor posible y los intransigentes.

Pero confieso que, aburrido de tomarme la guerra tan en serio por 50 años, estoy animado con la posibilidad de votar Sí .La iluminación del meollo me lo proporcionó en una conversación una amiga periodista a la que cito:

“Aunque he seguido de cerca el proceso de Conversaciones en La Habana, no necesito leer una sola línea de los Acuerdos. Como periodista hice la cobertura noticiosa de la desmovilización de las guerrillas de los años 80 y, desde entonces, no han parado ni la muerte ni la destrucción. Por eso solo quiero que se pacte el cese al fuego y a las hostilidades, bilateral y definitivo. Terminar el conflicto armado con las Farc es un imperativo moral. Lo demás, lo arreglamos en el camino, aunque sea con babas, pero nunca más con balas”.

Y tiene razón. Solamente por el hecho de hacer un cese al fuego en este momento de la historia, ya se justifican el esfuerzo coronado por los comisionados del gobierno y los comandantes de la Farc, el tire y el afloje, y las negociaciones “diplomáticas” en las que se puede ceder un poco pero no del todo, para encontrarse por fin en un terreno en el que las armas —aspiramos— acaben en un monumento al fierro viejo.

Pero independientemente de los casi 300 folios del denso legajo y de su redundante lenguaje “de género” que leímos sólo las ociosas y ociosos, el ejercicio de llegar a un acuerdo ha obligado al Estado y al Gobierno y a muchos colombianos interesados en construir nación, a repensarnos desde otra perspectiva. Porque, además de una desiderata, el documento es un interesante diagnóstico de la situación real del país, en el que tanta gente liderada por Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo y los ideólogos de la Farc-EP se devanó juiciosa los sesos. La rabiecita de la derecha es justificada, pues en el Acuerdo se habla de considerar, una vez más, temas de vital importancia para la salud de este país.

Se propone, por ejemplo, una reforma rural real que distribuya la tierra de manera justa y equitativa. Hemos tenido intentos históricos, sí, pero fallidos o incompletos. Las Farc, en sus orígenes políticos eran de estirpe campesina y no está mal que ahora después de tanto vericueto, recuerden sus semillas nativas y las planten, claro está, sorteando las hendijas traicioneras de las Zidres.

Los campesinos, en boca de las Farc, claman de nuevo por algo tan elemental como el riego de los cultivos. A pesar de que desde los Zenúes ha habido sin duda tímidas intentonas para organizar un asunto de tan obvia importancia, aunque fuera para los ricos agroindustriales, aún no llega bien el agua a los surcos de dolores de esta tierra.

Igualmente, es importante la inclusión de la diversidad venga de donde venga, de género, de orientación sexual, de etnia, de pensamiento o de credo. Lo que por lo demás no va ni a la mitad del camino de lo que promete la Constitución del 91. Y esta vez tiene un propósito pragmático: no matarnos más los unos a los otros por pensar distinto.

El documento tiene, por fin, una mirada regional sobre un país que ha debido ser la federación de unas naciones muy distintas, que han soportado inexplicablemente un centralismo fantasmagórico, inepto y mezquino.

Por eso y por más y en lenguaje telegráfico, otra vez de moda: Sí Cese Fuego Hostilidades Bilateral Definitivo (SCFHBD).

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