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Si no duele, cordal viene de cuerdo

Ignacio Zuleta Ll.
16 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.

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El formón penetra entre la encía y el hueso, el barbero forcejea, hace palanca, le pide al ayudante las tenazas y arranca de raíz esa cordal. Pocas experiencias nos recuerdan de manera tan eficiente nuestra precaria humanidad como la sacada de una muela.

Pocas experiencias nos recuerdan de manera tan eficiente nuestra precaria humanidad como la sacada de una muela. La humillación de sentirse un animal de carne y hueso no depende de la calidad de la anestesia. Las ínfulas metafísicas del espíritu se esfuman con la barbarie de la operación, la hinchazón y los fisgoneos de la lengua alharaquienta gritando: «¡Te amputaron!». La extracción no solamente causa el padecimiento, igual hoy que hace siglos, sino también la depresión de saber que en el camino se van perdiendo piezas. Don Alonso Quijano después de una paliza: cuando se sabe sin dientes le exclama a su escudero: «[m]ás quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada. Porque te hago saber Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante…». Nunca más fue el mismo.

Pocas cosas han evolucionado menos, en la historia de nuestras vanidades tecnológicas, que la sacada de una muela. Hace ya 3.000 años Hesi-Re, de la tercera dinastía egipcia, descuajaba muelas. Conocía el neguijón, ese gusano roedor de cabeza negra, ubicuo y temido por la humanidad que lo ha combatido con yerbajos y con flúor. Pero cuando la cosa ya se pasa de castaño oscuro y hay un hedor proporcional al dolor insoportable y el gusano ha cariado la raíz, no queda más remedio que extraer. En este caso —con excepción de los musulmanes que no permiten extracciones— el formón de fierro o de madera y los fórceps han sido y siguen siendo los antiguos instrumentos de tortura. (Santa Apolonia, virgen, patrona de los dentistas, fue martirizada en Roma precisamente así: sacándole los dientes sin tomarse ni una grappa. Logró la santidad. ¡A poco no!).

En la Edad Media, la odontología europea iba rezagada con respecto a los conocimientos ancestrales de otros pueblos. Mientras los mayas taladraban con primor los dientes sin tocar la pulpa para lucir incrustaciones de piedras preciosas y metales y los chinos inventaban la amalgama de plata —luego tan criticada—, los monjes europeos fungían de odontólogos. Hacían lo que podían hasta que el concilio de Tours les prohibió ejercer la cirugía por considerar que tan sangriento oficio era incompatible con el quehacer sagrado de los clérigos. Así que delegaron en los barberos europeos, más primitivos y advenedizos que sus cofrades de otros continentes.

Una historiadora actual de la odontología afirma que no fue Fauchet el precursor de la dentistería moderna, como comúnmente se creyó, y que fue más bien Madame Rezé en el París de 1719, la misma que además preparaba un «bálsamo universal que calma cualquier absceso o mal de dientes». Por menos habían ya echado a la pira a otras doctoras. Diez años después, Fauchard publica su trabajo El cirujano dentista o el tratado sobre los dientes, en donde ya se habla de diagnóstico, ortodoncias, endodoncias, prótesis, cirugía oral y otros horrores. Después llegaron los gringos con inventos brillantes como los rayos X para penetrar en los misterios del gusano y la fresa supersónica, cuyo zumbido es el sinónimo de tortura de estos tiempos; aparecieron los implantes y coronas, el láser y tantas maravillas de la ciencia. Aun así, cuando hay que extraer una muela del juicio, un incisivo o un canino, nos vemos obligados a retornar perrunamente a Hesi-Re: formón y pinzas. Es la ley del Talión, por estar vivos.

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