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¿Sabes cómo es esa sensación de esconderse en un sitio clandestino, con una colección de revistas, algunas ya vetustas, que comienzan el día de tu nacimiento y culminan hoy al desayuno, y pasas páginas y las fotografías y los titulares te sacuden con los hechos que has vivido en medio siglo? Así es la novela de Rafael Baena, la más reciente —que salió para la Filbo y se presentará pronto en La Cueva en Barranquilla—.
El relato de Siempre fue ahora o nunca es todo un trip: el de los siconautas, los reporteros gráficos, los guerreros con botas pantaneras y las mujeres que llegan maduras al milenio. La fascinación de esas “múltiples voces (que) interpretan a su manera la vida en el territorio de la guerra” me vino a atrapar hacia la página cien del libro publicado por Alfaguara y el vértigo sólo declinó hacia la seiscientos diez, cuando el escritor descansa los motores y planea hasta el aterrizaje final en cámara lenta. Imposible todavía hacer una reseña literaria. Una lectura vertiginosa como la que el ritmo de la prosa impulsa, no permite mirar atrás. Lo que da la ilusión de ser una línea amarilla continua en realidad son líneas individuales muy precisas, hilvanadas con hilos transparentes, un concierto de guerra con estridencias calculadas y veloces imágenes que uno lee con desaforo y empatía.
Los nacidos en la década de los cincuenta en Colombia encontrarán en la novela de este coetáneo un texto vivo de historia patria y una autobiografía generacional que es un holograma lleno de claves para los que vienen. Aquí están todas las dimensiones de los hechos que han flotado por este río de sangre, muchos tipos de almas de hombres y mujeres pasajeros de este buque cuyos carburantes han sido el sexo, las drogas, el rock’n roll y el dolor de patria. La narradora es una periodista y le está vedado jugar al avestruz, así que cuenta lo que ha visto y ha vivido, sin pasar de agache. Cuenta sobre el «sueño de las mentes afiebradas», el M-19, la televisión, la aparición del narcotráfico, el embrión de los paramilitares y su surgimiento, el periodismo como «industria de la información», el glifosato, las matanzas de los miembros de la UP, la muerte de Pablo Escobar y de Galán… cincuenta años de la misma ronda en «un país de mierda»; mientras la vida sigue. Por entre las balas y la podredumbre se cuelan los brotes del amor, la amistad, la valentía. Como las flores que irrumpen por entre las grietas del concreto armado, los personajes de Baena están llenos de savia; la intensidad de su colorido desafía los grises del entorno y los vivifica de inmediato. Así es la cosa aquí: intensa.
Porque al contrario de lo que algunos dicen, no se trata de una generación “perdida”, sino de una generación consciente de “estar perdiendo” la batalla contra la iniquidad, el abuso y la depredación. El perdido es el mundo. Y esa conciencia, incluso disfrazada de impotencia, será semilla fértil cuando decidamos aprender de esta historia reportada por Baena; y, sin olvidar la lección, perdonarnos por lo bestias que hemos sido.