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La adicción a las pantallas, en una escala entre los dulces y el crack de cocaína, “es más cercana al crack”.
La afirmación la hace un brillante ejecutivo de Silicon Valley, antiguo editor de Wired y fundador de GeekDad.com, en un artículo reciente de The New York Times que recoge la opinión prevalente de los inventores mismos de las pantallas, que no quieren que sus hijos se expongan a ellas.
Al conversar el día de las velitas sobre el tema con un grupo de sobrinos treintones, sus amigos y amigas, en una noche de buen vino y mucha charla, súbitamente el grupo se convirtió en una reunión de Pantallómanos Anónimos (PA). Fuimos confesando uno a uno la adicción a las drogas electrónicas y la lucha de cada cual por entender el patrón de su esclavitud. Teníamos el artículo a mano —en la pantalla, obvio— y algunos de los párrafos le echaron combustible a la conversa.
Discutimos, por ejemplo, que el CEO de Apple no le permitía a su sobrino unirse a redes sociales; que Bill Gates les prohibió a sus hijos el uso del celular hasta que no fueran adolescentes y Melinda había escrito que incluso se arrepentía de haberlo permitido tan temprano; mientras Steve Jobs no dejaba acercar a sus hijos a un iPad. Interesante.
Luego el giro de la reunión se tornó político e iluminador cuando, en una frase, otro tecnólogo padre de familia afirmaba que las pantallas “van directo a los centros de placer del cerebro en desarrollo. Esto, como padres promedio, sobrepasa nuestra capacidad de entendimiento”, y otro, que había sido CEO de Mozilla, añadía la bomba de que trataba de explicarle a su hijo de 13 años la manipulación: “Trato de decirle que alguien escribió un código para que él se sienta de cierta manera… y ayudarle a entender cómo se han hecho las cosas, los valores que van en ellas y lo que la gente está haciendo para crear esa emoción”.
Muchos de los presentes en la velada pensaban en su propia adicción y en qué línea seguir con sus hijos, que esa generación ha tenido planificados y tardíos. Lo esperanzador del asunto es que por lo menos ya había conciencia de que a estos invasores electrónicos de la intimidad neuronal hay que ponerles serios límites. Unos se mostraban abolicionistas y aclamaban la frase de una antigua ejecutiva de Facebook que ahora maneja la rama filantrópica de Zuckerberg y que afirma: “Estoy convencida de que el demonio vive en nuestros teléfonos y está haciendo estrago en nuestros hijos”. Y los había más moderados que “no permiten tiempo pasivo de pantalla, pero permiten cortos lapsos de tiempo en juegos retadores”.
Habríamos podido pasar el fin de semana desmenuzando el tema. Pero ya era un triunfo que, cinco horas después de haber comenzado la pequeña fiesta, todos habíamos eludido las pantallas, incluso una de las chicas más “adictas”, que se había aguantado por lo menos 15 cosquilleos de la vibración de su iWatch en la muñeca sin abrir el bicho. En PA concluimos esa noche que el antídoto al veneno estaba en tener al lado gente de carne y hueso con quien hablar mirándose a los ojos mientras el vino y los abrazos calentaban nuestra sangre humana.