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Un sueño amazónico

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LA PELÍCULA EL ABRAZO DE LA SERpiente de Ciro Guerra es un poema visual sin precedentes en el cine colombiano.

Es evidente que en su proceso de creación participan fuerzas que no son únicamente las de la producción y la realización. Cuando las reseñas la clasifican como filme de aventura y de misterio no saben lo profundo de la verdad que afirman. Aventura y misterio. El mismo director en una entrevista a Luis Torres de la Llosa publicada en este diario, confiesa con humildad: “Siento que El abrazo de la serpiente es una película única… No puedo entender de dónde vino y no creo que pueda hacer nada parecido después, siento que es el público quien la va a desentrañar, porque es muy especial”. Habla la selva. Y así es. Sin caer para nada en estereotipos, Ciro Guerra y su brillante equipo logran plasmar una porción de la historia del Amazonas, y en concreto del Vaupés que el director califica de “joya de la humanidad”: el desfile de la evangelización, las caucheras, la guerra fronteriza, las misiones, el pasado y presente de las etnias amazónicas y su destino futuro; la diversidad, la belleza asombrosa de esas tierras, las plantas sagradas de poder y curación y las exploraciones científicas de una inmensidad de riqueza incalculable. Guerra ve esta fecundidad en todos los sentidos. No se queda en el caucho, la quina, el oro y las plantas porque enfoca su lente sobre la riqueza de los hombres y las culturas que la habitan, sin los cuales la selva que le sirve de pulmón al mundo se esfumará sin remedio, devorada por la codicia y la ignorancia. El abrazo de la serpiente es un poema cósmico, una alabanza a la búsqueda espiritual originaria a través de una estética de imagen y sonido que acalla conceptos intelectuales burdos y permite hacer el viaje del chamán, recuperar la memoria ancestral, reconquistar el alma perdida del chullachaqui que ha olvidado su origen y el camino de vuelta  hacia sus propios dioses.  La dirección de Guerra es inteligente y sensible. La astucia del guión, escrito en compañía del francés Jaques Toulemonde, conduce la trama de dos expedicionarios del Amazonas en épocas distintas como una sola historia repetida, a la que la cámara en blanco y negro operada por David Gallego hace un eco, un contrapunto preñado de preciosas imágenes que refuerzan la intuición del drama. Los actores naturales Antonio Bolívar y Nilbio Torres, sobrevivientes de la etnia Ocaina-Uitoto son protagonistas de primera categoría. Su presencia es inmensa, sus gestos precisos, su sobriedad conmovedora. Ahora se encuentran con los actores blancos como antes sus ancestros se encontraron con dos exploradores interesados en el conocimiento. Porque el encuentro de Richard Schultes con las plantas de poder —en el que la película se inspira en parte— sembró la inquietud en ‘occidente’ y abrió camino para los movimientos ecologistas y la contracultura que abre sus ojos a los desafueros del consumo. La selva enseña, el blanco aprende que el sistema va en reversa. Después de esta película sería imposible seguir dando la espalda al Amazonas; su poesía eficiente deja un dolor profundo, necesario. Porque después de todo quizás no sea aún el fin del mundo.

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