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Golpeado, como por el odio de Dios

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Pudo haber sido santo. San César Vallejo de Santiago de Chuco, a lo mejor. De pequeño sus padres lo destinaron al sacerdocio, lo que consintió gustoso hasta que descubrió en los versos la más de las perfectas formas de vida. Durante su juventud se hizo profesor de hijos de hacendados, fue cajero y soportó las vicisitudes de diversos oficios que cansaban su cuerpo, pero que sublimaban su espíritu. Él mismo se costeó sus estudios de letras, graduándose en 1915 con una tesis sobre el romanticismo en la poesía castellana. Un año después se hizo amigo de la “bohemia trujillana” (antecedente del grupo norte) y entonces publicó Los heraldos negros, obra que llegó a considerarse un ejemplo del posmodernismo poético. La noche del primero de agosto de 1920 su vida se resquebrajó. Entonces la maldición, que hasta ahora había asomado en los ripios de su métrica, se encarnó en su propio destino. Lo culparon de haber quemado la casa de la familia Santamaría en su pueblo natal. Nunca supieron quién fue realmente el culpable, pero él pagó el pecado de un anónimo que quiso causarle daño. Vallejo, eternizado, vivió 112 días en un calabozo. Mañanas infaustas. Tardes sórdidas. Noches largas. Desde allí el poeta encarcelado escribió Trilce y un puñado de cuentos reunidos bajo el nombre de Escalas melografiadas: una canción ambivalente sobre la materialidad del cuerpo, de la escritura. Después de esa la caída aciaga viajó a París. Allí, con el recuerdo de un intento de suicidio por mal de amor, padeció hambre, ruina; la peste de una vida solitaria entregada a las letras. Su pago: no una remuneración mayor a la miseria de su condición física y moral. Enfermó. Participó en actividades de corte vanguardista. Se comprometió intelectual y políticamente con el marxismo. Se hizo periodista. Publicó en periódicos y revistas europeas. Y como un mal romántico, como el más inconforme de los románticos, se inscribió en el Partido Comunista de España y llevó su causa a la práctica; más allá de las letras. Hoy quien lea su obra tendrá que reírse del comentario que el pelafustán Clemente Palma pronunció: “¿Ud. cree, señor Vallejo, que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?”. De seguro al recordarlo, el “hombre muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo”, Vallejo, a pesar de su humor, también reiría.

*Isabella Portilla @isobellack

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