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Por primera vez en muchos años, el país, acompañado de un amplio respaldo internacional, estaba a punto de presenciar un acto que estimulara la confianza en que es viable encontrar una salida definitiva al conflicto armado.
De comprobarse, por parte de fuentes independientes, que las Farc no tenían en su poder a Emmanuel cuando ofrecieron la liberación unilateral, y que mintieron para ocultar ese hecho, estaríamos ante una nueva demostración de crueldad en el trato a los secuestrados, y ante un burdo intento de engaño a los observadores internacionales.
No obstante, esa hipotética situación no validaría la afirmación del alto comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, quien asegura que este Gobierno nunca miente. El Gobierno miente en forma sistemática y la mentira ha sido un componente esencial de su política. El Gobierno fabrica toda clase de encubrimientos, tergiversaciones y desfiguraciones de los hechos. Para ello utiliza una amplia gama de estrategias: montajes, fingidos atentados y amenazas, “falsos positivos”, distorsiones estadísticas, calumnias contra opositores, defensores de derechos humanos y periodistas; sofismas de distracción, espionaje e interceptación telefónica, manipulación del dolor de las víctimas, invención de pruebas y testigos, falsificación de documentos. El método más eficaz del Gobierno en este campo es haber implantado la delación como procedimiento de información, y pretender que dicho mecanismo se transforme en una práctica social generalizada. Cuando el Presidente de la República o sus colaboradores han sido sorprendidos en flagrancia, o cuando se ha logrado desmontar sus embustes, el recurso final de esta cadena de artificios ha sido el reconocimiento cínico de la verdad, minimizando su importancia y equiparando actuaciones ilícitas a simples “errores”.
El propio comisionado Restrepo suele mentir. Mintió, al injuriar al senador Rafael Pardo, acusándolo de haber fraguado un complot con la guerrilla. También mintió cuando negociaba los turbios acuerdos con los paramilitares, como lo demostraron las grabaciones de sus conversaciones con Mancuso, en las que le decía que no iba a revelar públicamente los homicidios que se estaban cometiendo en Santa Fe de Ralito, para evitar un escándalo. Al parecer, el Comisionado, en más de una ocasión, les aconsejó a los paramilitares mentir y encubrir sus crímenes, como aparece en el libro Confesiones de un paraco: “Algo que nos advirtió el señor Comisionado de Paz fue que nos cuidáramos de ‘tener líos con los organismos de Derechos Humanos Internacionales’. […] Según el Comisionado de Paz, hasta con dos años no más de cárcel pagaríamos (sic.), si hacíamos las cosas bien, o sea, si no dejábamos rastro del más mínimo delito contra vidas humanas” (‘José Gabriel Jaraba’, Intermedio Editores, Bogotá, 2007, pp. 150 y 151).
Luego del anuncio de la liberación unilateral de secuestrados por parte de las Farc, en una entrevista que concedió al periódico El País de Cali, el Alto Comisionado aseveró que si lo secuestran a él no quiere que su familia “salga con carteles a la calle”, y que, en cambio, “asuma con dignidad lo que sucedió”. Tales afirmaciones revelan su desprecio por el largo camino que han recorrido los familiares y las víctimas del secuestro. Restrepo no está calificado para facilitar los acercamientos hacia el acuerdo humanitario ni mucho menos para buscar la paz. Por eso, su renuncia y el nombramiento de un funcionario idóneo y veraz, que considere prioritario el respeto a las víctimas del conflicto armado, sería una buena contribución a la acción humanitaria y a la búsqueda del fin de la guerra en Colombia.
fm_cepeda@yahoo.fr