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El Maquinista paró el tren en seco y con una pistola en la mano obligó a los pasajeros a bajarse.
El vagón de la ilusión de llegar a una semifinal del Mundo fue abortada de malas maneras y con malas mañas, con la complicidad de la Fifa y los organizadores. Brasil era el caballo del dueño del hipódromo y solo ese caballo podía ganar, de acuerdo a la polla de Blatter y sus amanuenses. Pero no todo se debe a la decidida intervención del poder fáctico que gobierna el fútbol mundial. Colombia también colaboró porque algunas decisiones fueron mal tomadas y otras, aunque bien intencionadas, fueron mal ejecutadas.
Cambiar a Guarín por Abel Aguilar fue una mala determinación. No tenía sentido y aunque la idea era darle mayor respaldo a James en la idea de armar el juego y aprovechar su media distancia; en la práctica el equipo se partió porque Guarín nunca enlazó, especialmente en la inicial, con los volantes y delanteros y tampoco le pegó desde afuera. Y se resquebrajó el equilibrio que había brindado Aguilar para hacer su trabajo de marca con un doble pivote de seguridad, relevando salidas de laterales y auxiliando a Sánchez en la tarea de recuperación. El mal partido de Guarín hizo ver muy mal, descoordinado y fuera de foco, a Sánchez.
Llevar nuevamente a Ibarbo a la cancha como titular era una determinación interesante, bien pensada, para taponar la banda izquierda de los embates de Maicon -jugador clave para Scolari- y los auxilios de Neymar. La idea era buena, la ejecución fue fatal porque Ibarbo jugó rematadamente mal. Una cosa es equivocarse en el plan y otra errar en la ejecución.
Sin fútbol, pegando en forma descomedida con la complicidad de un juez sibilino y acomodado que cumplía un mandato imperial de sus patrones, Brasil terminó reventando la pelota, herido en lo físico e impotente en lo técnico. El españolete de verde desfalcó el reglamento que pedía como mínimo rojas para el vulgar Fernandinho y para el desestabilizado Zúñiga y, cómo no, una roja para Julio César por la jugada del penal. Era penalti y expulsión, sin dudarlo un segundo, y Colombia hubiera podido jugar 18 minutos con uno más y con Brasil acojonado.
Solo queda darle gracias a esta selección y a su cuerpo técnico que hicieron soñar y vibrar a un país, que levantaron la esencia nacionalista y despertaron un fervor y unidad que todavía no se ha medido. El tren de la ilusión duró hasta cuando el maquinista decidió bajarnos del viaje a la brava, como un vulgar matón que cumplía ordenes de arriba.