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Chile va y va, lo intenta, quiere y trata de conseguirlo por todos los caminos posibles. A veces se equivoca y su fútbol se vuelve vértigo con su consecuente pérdida de pelota por malas entregas, originando los contraataques enemigos en los espacios vacíos.
Pero Chile quiere y sabe que el que busca encuentra, contrariando a tanto técnico que piensa que el que ataca pierde.
Uruguay no quiere, no le interesa, se planta delante de Muslera y llena su campo con ocho y nueve defensores reventándola de punta hacia adelante, generando muy poco juego, aceptando la frase de Guardiola: “mientras más rápido saques la bola hacia adelante más fácil vuelve a tu terreno”.
Chile quería y quería, pero no podía y Uruguay aguantaba y aguantaba sin querer atacar. Hasta que Jara le hace un tacto rectal a Cavani, el uruguayo engrana y se va expulsado por la delirante persecución y provocación del defensor, experto manilargo que acaricia testículos y nalgas. Con diez Uruguay, cambió el partido porque Sampaoli movió bien las fichas, ingresó a Matías Fernández para darle mayor conducción y volumen en el medio, controló a Hernández, el único delantero que le quedaba a Tabárez y liberó a Isla para llegar en diagonal. Cavani no jugaba bien, pero cumplía una misión táctica de fijar los centrales y mantener atado a Isla a la punta.
El final fue justo y premió a un Chile que en esta Copa siempre ha intentado atacar, manejar la posesión, tener la bola, que a veces resulta atropellado y carente de imaginación, que debiera tener mucha más efectividad acorde a lo que dicen los números de control de pelota. Y en el juego-juego resulta visible la importancia de Valdivia, generoso en el talento, útil para mostrarse como socio y quien organiza la circulación de pelota y filtra pases interesantes a unos delanteros que hasta ahora no brillan. Alexis es un glotón de la bola, egoísta y siempre embarullado, poco claro y sin suerte para el remate, y Vargas es un definidor que tiene escasa participación en el circuito creativo.
Chile organizó la Copa para ganarla, a las buenas o a las malas, por lo civil o lo militar. Violenta sus códigos penales para no sancionar a Vidal, perdona y olvida al proctólogo Jara y le convierte en héroe nacional; no sale de su estadio, le dan manitos arbitrales, pero también el equipo cumple en la cancha porque no tiene otra ambición que ir al frente, que atacar y atacar.
Y el que busca, ¡encuentra!