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Viejo es el viento y todavía sopla, dicen por ahí cuando alguien quiere estigmatizar a las personas mayores. En el fútbol colombiano, algunos equipos se han especializado en mostrar esos contrastes entre los veteranos y los juveniles, los buenos y los malos.
Conviven en la formación del Once Caldas el golero Juan Carlos Henao y el juvenil Marimon, el uno de 42 años y el otro de 16, una bella amalgama de edades en el elenco manizalita. Henao tiene un rendimiento superlativo y se ha venido convirtiendo en la gran figura de su equipo en los últimos partidos, con atajadas de altísimo nivel. Suplente de Cuadrado, cuando le han dado la titularidad le envía a su técnico un mensaje de seguridad y el equipo tiene confianza en sus condiciones. El chico Marimon es un volante trabajador, rendidor, con overol de fatiga, que complementa en el medio y viene pidiendo pista para el futuro.
En Millos comparten Máyer Candelo y Stiven Vega, el nuevo lateral derecho de 17 años a quien Israel dio la oportunidad en el clásico, enmendando el error de Lunari, quien prefirió poner en ese sitio a Henríquez y Cadavid, flagrantes errores que dejaban al desnudo la cantera azul. Máyer sigue siendo titular y todavía brillan las luces de su talento. Cada día más a cuentagotas en la parte física, pero siempre generoso en el pasegol, Candelo es uno de los mejores pasadores de la historia en el balompié colombiano.
Salen jugadores nuevos y hay que mirarlos y seguirlos. Benedetti, el chico del Cali, con Sánchez el de Uniautónoma, con Manjarrés, el último que presentó Alianza Petrolera. Albornoz, el lateral izquierdo del Tolima, buen proyecto.
Siempre hay el bueno y el malo. Cuando Ovelar, del Júnior, le confesó al juez que había hecho la anotación contra Uniautónoma con la mano y el árbitro anuló la jugada, el público parecía no creer que todavía en este fútbol superprofesional del engaño y la mentira existieran jugadores amantes de la verdad y el respeto al público y la equidad. Aplausos para Ovelar por leal y correcto y que por favor le envíen la película a Marcos Lazaga, otro paraguayo, quien en enero anotó con la mano, subió al Cúcuta a la primera división con ese gol y nunca tuvo la honradez ni la hombría para reconocer su error.
En estas pinceladas de los contrastes, es menester hablar del templo para jugar al fútbol que es la cancha del Atanasio, bien presentada, rápida, bien cortada, que invita a jugar, con esa maleza de diez centímetros de alto en que pelearon Tolima y el Huila, en Girardot. De milagro no saltaron ratones y hasta conejos de la gramilla.
Hola, pónganle seriedad al estado de las canchas que esto es fútbol profesional.