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Jorge Fernando Perdomo ha sido toda la vida un hombre dedicado a la política. Conoce el Huila de rincón a rincón intentando ser gobernador. Ha visitado los barrios buscando otras investiduras. Lo suyo es la política donde se mueve como pez en el agua.
Y, como buen político, Perdomo adora la cosmética, la apariencia, el maquillaje. Sus electores prefieren verlo puestecito, echando el discurso de turno, que metido en el barro, engrasado o con sudor. Perdomo, desde que llegó a la presidencia de la Dimayor, ha querido dejar en claro que vino a marcarle una impronta, un estilo de conducción, algo nuevo, algo suyo. Ha intentado marcar diferencias con su antecesor Jesurún, quien fue su apoyo y jefe de debate, y no desaprovecha la oportunidad para remarcar que este es su tiempo y no el de Ramón. Está en todo su derecho; para eso lo nombraron.
A Perdomo, como buen político, le gustan las apariencias y por eso se gasta una millonada en un nuevo logo y en cocteles y fiestas donde aparezcan puliditos y bien puestos los directivos, con caras rozagantes y aires juveniles. El nuevo logo y el coctel, en la Plaza de La Aduana en la fantástica Cartagena, no pueden ocultar las miserablezas de la Dimayor.
Los dueños de la Dimayor están agarrados, divorciados, tirándose los platos y rompiendo vajillas. Son 9 contra 27 que se atacan de forma virulenta y amenazante, invocando tribunales de honor para los rebeldes, amenazando con torneos independientes, despotricando unos de otros. Politiquería baja y sucia que sale a la luz pública con escuderos como Yepes, Giovanni y Reinaldo, quienes pregonan persecuciones arbitrales cuando, durante años y años, esos clubes han sido visiblemente favorecidos en contra de los pequeños.
Tampoco puede el discutido y polémico nuevo símbolo de la Dimayor –acusado por algunos entendidos de ser un vulgar plagio de Qatar– ocultar que se juega en canchas indecentes. Ver las gramillas de Tuluá y Neiva produce escozor, pues, 70 años después, esos gramados están peor que cuando arrancó el fútbol profesional en Colombia.
Por más colorinches que tenga el símbolo o por muy bueno que estuvieran los pasabocas y el amarillo del coctel, el torneo muestra desorden, es incoherente en el calendario; los arbitrajes son una porquería en su gran mayoría y la pérdida de espectadores lo ratifican plenamente. Que sea emotivo en la tabla no indica que sea bueno.
Así pues, la decoración, el maquillaje y la cosmética, que tanto le gustan al político presidente de la Dimayor, no pueden ocultar la realidad interna de la entidad. Por fuera, vende una imagen; por dentro, los muebles rotos y las paredes sin pintura.