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Estaban felices, ya se sentían campeones sin haber jugado, no les cabía un gramo más de triunfalismo, hasta que aparecieron Argentina, comandada por Messi, y los seis goles que les empacaron a los paraguayos, y entraron en pánico.
Fue un duro aterrizaje a la realidad. No tienen nada ganado y enfrentarán un gran equipo con un poder letal en las botas de sus delanteros. Sampaoli, Chile y todos los chilenos entraron en la etapa del revisionismo táctico, y de pensar en ganar y golear pasaron a cómo marcar a Messi, cómo impedir que Argentina meta goles.
Esas dudas son terribles porque llevan a descomponer todo lo que se ha hecho, a cambiar el chip ganador para instalar un chip miedoso, y se deja de pensar en cómo ataco y hago daño para meditar sólo en cómo evito que me laceren.
Sampaoli ya piensa en cinco defensores, con Isla y Beasejour por los costados, con tres centrales incluyendo a Silva por Albornoz (reemplazo de Jara), con el fin de cerrarles el camino a los albicelestes. Todo sería claro si la solución no fuera tan extrema que obligaría al técnico a excluir de la formación un delantero, Alexis o Vargas, su goleador, o un mediocampista de armado, el talentoso Valdivia.
Todas las soluciones teóricas para desconectar a Messi implican merma del potencial ofensivo, generan la sensación de miedo y obligan a menguar el poder atacante de los chilenos, un equipo que ha administrado hasta ahora el triunfo gracias a la convicción del ataque permanente. Sacar a Valdivia sería renunciar a ganar. Excluir un delantero es abrirles la puerta a los argentinos.
De no haber sido por los seis tantos a los guaraníes, Sampaoli y los chilenos mantendrían la idea de ir al frente, pero la demostración de Messi-Pastore los llamó a la realidad y ya no piensan que Argentina es débil en defensa, vulnerable y se le puede ganar, sino en el chip de cómo parar a Messi.
El único jugador en el mundo que puede tener ese efecto psicológico es Lionel Messi. No existe otro que obligue al entrenador adversario a dedicar horas y horas ante los muñequitos de plástico, el tablero y la tiza, la tableta y los programas especializados. Aflora la táctica, cómo neutralizar al enemigo, cómo evitar que me hagan daño, y se olvidan de las armas propias, la estrategia, cómo hacerle goles, como atacarlo. Es el efecto Messi. Por eso es el número uno del mundo.