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Parecen tener los roles cambiados, los papeles invertidos. La que “jogo bonito”, la que toca y toca, hace goles y gana, es la selección de España. El que se aprieta en el fondo y sale en veloces transiciones ofensivas es Brasil. Nada que ver con la historia, con el pasado.
El fútbol de la roja fue siempre defensivo y de fuerza. Hubo una época en que para esconder las limitaciones técnicas, para tapar el fútbol mezquino en ataque y para resaltar que España cimentaba su juego en el corazón y el temperamento, a la selección ibérica la bautizaron como “La Furia”. Eran las épocas de Clemente, de Molowny, de otros técnicos que apostaron por el que mas corriera y el que más metiera. Incluso, en el Mundial jugado en la piel del toro, la selección hizo el ridículo al no poder alcanzar las semifinales.
Pero, un día cercano algo pasó y todo cambió. Unos dicen que fue el influjo de Cruyff con el “Dream Team” del Barça y su legado histórico, y otros sostienen que asimilar conceptos y entender que la testosterona no conducía a títulos, pero lo cierto es que desde Alemania el seleccionado español prefirió otro método, entender el juego de una manera distinta y desde entonces este equipo juega diferente, produce emociones y predica un respeto al fútbol de toque y asociación. Ganar la Euro en Suiza-Austria, hace dos años, con la dirección técnica de Luis Aragonés, conseguir una marca histórica de 36 partidos sin conocer la derrota, encadenar victoria tras victoria con show de bola incluido, hacen de la selección España una gran favorita. El gran Xavi, el genial Iniesta, los magníficos Cesc, Silva, Villa, Torres, Xabi Alonso, todos ellos, forman parte de un equipo que deleita y da espectáculo, pero no olvida que lo fundamental de este juego es ganar. Ellos escogieron un método, el tiki-taka, la posesión más posición para conseguirlo.
Brasil, en cambio, parece renegar de su pasado y centrarse más en un presente donde la fuerza, la marca, la solidez defensiva y un explosivo y contundente contraataque le permiten ganar títulos como la Copa América y la Copa Confederaciones. Brasil siempre tuvo jugadores geniales, impredecibles, auténticos artistas. Muchos de los títulos auriverdes fueron logrados gracias a la riqueza técnica de sus artistas. Hoy, por decreto de Dunga, el colectivo está por encima de la genialidad y la individualidad. Por eso se quedó en casa Ronaldinho y no fueron citados algunos de los más jóvenes y prometedores talentos.
Para sustentar su ideario, Dunga apela a las manos sagradas de Julio César, tal vez el mejor portero del mundo, a la jerarquía de Maicon, posiblemente el mejor lateral diestro; a la solvencia y fortaleza de Lucio, y a la obediencia táctica de Gilberto. Y de ahí para delante, que Robinho y Kaká hagan fantasía y Luiz Fabiano resuelva.
Parecen tener los roles cambiados, porque Brasil juega “a la española” de hace unos años y España quiere ser el nuevo rey del “jogo bonito”. Son los grandes favoritos para ganar.