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Se quejan los unos y los otros. Es difícil encontrar un hincha que diga alborozado que se encuentra feliz por la tarea de remodelación de la plantilla. Protestan en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, en todas partes, y tanto grandes como chicos, ricos como asalariados, dicen que no llegan jugadores de renombre y de categoría.
Una cosa son refuerzos y otra incorporaciones. El término refuerzo significa subir de nivel, aumentar la categoría de la plantilla, darle un plus a lo que ya se tiene. Lo otro, incorporar jugadores, es apenas lo normal dentro de la política de altas y bajas que la dirigencia debe hacer en cada ejercicio.
Son muchos los factores. El primero, los mejores jugadores, los que han hecho una buena campaña, los que podrían sonar a auténticos revulsivos, no se quedan en el país, son vendidos al extranjero. Colombia dejó de ser un país comprador para convertirse en un mercado exportador. De los famosos y conocidos, generalmente jóvenes con futuro, a los que nadie conoce y se marchan a Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia o a segundonas de Brasil y Argentina. Muchos de ellos están retornando al país, envueltos en la incógnita de su rendimiento, de su auténtico nivel.
Las cifras que se manejan por jugadores de algún nivel, por “refuerzos”, son ilógicas. Un futbolista como Hárold Preciado vale en el mercado colombiano cuatro millones de dólares, doce mil millones de pesos, dinero que solo tiene el Nacional. Pensar en que Teo Gutiérrez puede en algún momento volver al Júnior carece de cualquier lógica. Son diez mil millones de pesos y un sueldo que desequilibra cualquier balance.
Esa es la cruda realidad, un dólar a tres mil, unos equipos manejados con criterios parroquiales, carencia de nuevas figuras, un mercado en el que se mueven las medianías y los futbolistas de equipos pequeños intentando mostrarse en el mercado de los grandes.
Sorprende, eso sí, que algunos equipos prefieren gastarse el dinero de los “refuerzos” en pagar técnicos extranjeros costosos. Tal es el caso de Medellín, Millonarios y Tolima, que han contratado a Zubeldía, Russo y Pérez a unos costos altísimos. Pensarán los dirigentes que un técnico de renombre puede hacer milagros sin nómina. Olvidan los dirigentes que los que marcan goles y los que defienden son los futbolistas y que sin materia prima no hay conocimiento del técnico que sirva.
Nadie está contento. Todos los hinchas claman contra los dirigentes que no invierten, pocos quieren entender que con dolar a tres mil pesos, no hay recursos para traer jugadores y que las operaciones internas se volvieron casi imposibles.
En ese marco, deberían pensar que sin jugadores de calidad no se puede dar un buen espectáculo y que los abonos y las boletas deben estar acordes en el precio con el nivel. La lógica directiva, más caro y más malo, es una invitación a la quiebra.