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Messi en su laberinto

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No todo lo que brilla es oro, y llevar encima de ese cuerpito pequeño, macizo, sobreentrenado e hiperhormonado la carga de ser Lionel Messi debe pesar mucho.

Dos días después de levantar en Berlín el tercer trofeo del año, la fabulosa Champions conquistada ante la Juve, cuando el mundo se desvive en elogios hacia su juego, su fútbol, cuando nadie discute su primacía, el Ministerio Público español le asienta un mazazo que ni el peor de los rivales le puede dar: una citación para defenderse del cargo de blanqueo de dinero, eludir pagos fiscales por más de cinco millones de euros y el peligro de ver sus días encerrado en prisión. No basta que haya pagado más de cincuenta millones de euros, Messi deberá defenderse e intentar salir lo menos lesionado posible de un adversario implacable que no reconoce sus charreteras y que lo trata como a cualquier mortal, como tiene que ser, ante la justicia ordinaria.

Mientras sus abogados siguen litigando para defenderlo de la voracidad de su padre, el auténtico responsable de los entuertos jurídicos de Lionel, el otro Messi, el futbolista, llega a Chile a pelear con otro fantasma que lo persigue: no haber ganado nada con la selección de su país. Una rémora pegada a sus hombros que le atormenta los días y ensombrece sus vigilias nocturnas.

Es Messi, el del Barcelona, un multiganador. El diario El Mercurio publicó una página con grande caricaturas de las estrellas de esta Copa América: Neymar, James, Alexis Sánchez, Cavani y Messi. La ilustración venía adornada con las copas, copitas, títulos, titulotes y titulitos de los protagonistas. La de Messi parecía una sala de trofeos.

Es Messi, el de la selección argentina, un gran perdedor. Llegar a la final de la Copa Mundo de Brasil es el único logro importante en su carrera. No había copas ni títulos que mostrar, todo pertenecía al otro Messi, el azulgrana.

Hace un año le dieron el trofeo al mejor jugador del Mundial de Brasil. Una mentira absoluta, y Lionel con su cara de fastidio fue el primero en reconocerlo en el propio gramado del mítico Maracaná. Sabía que ese trofeo no era suyo y que había jugado al 40% de sus posibilidades y que con ello había llevado a la Argentina de Sabella hasta la final y a tiempo extra.

Hoy es otro Messi, el verdadero, el auténtico, el de los pies chiquitos que vuelan con la pelota pegada al piso, acariciándola, llevándola para cualquier lado, haciendo volar la cintura y hamacándose de izquierda a derecha para después marcar goles. Es el Messi constructor y diseñador de juego, pero también el rematador y goleador.

Ese Messi del Barcelona viene en esta Copa América a intentar que el Messi de Argentina gane una primera copa grande con su colaboración y juego. Es el laberinto de Lionel.

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