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De la “dupla maldita”, Juan Carlos López y Luis Augusto García, no hay nada más que decir o escribir.
Por sus actos los conoceréis y la afición azul, en general, ya sabe cómo se comportan, cómo obran, cuánto “quieren” a Millonarios, cómo lo desangran. Cuatro años sin ganar nada, cuatro años de fracaso en fracaso, de negocito en negocito, de crisis en crisis, son suficiente motivo para que el hincha los aborrezca a más no poder. Todos saben que mientras ellos estén por ahí cerca, el equipo jamás hará nada decente.
En cambio, se habla muy poco sobre el papel que cumple la Dirección Nacional de Estupefacientes en la conducción y ruina de los embajadores y es hora de hacerle ver al Ministro del Interior, claro, si él quiere ver algo, porque ya se sabe que los Valencia Cossio tienen el grave defecto de mirar hacia los lados, como en el caso del hermanito preso, que el Estado no puede ser indiferente ante los desaguisados que están pasando con la actuación de la DNE en la institución bogotana.
Con dos miembros suyos en la junta directiva, sorprende la ligereza, falta de seriedad y complicidad de los representantes del ente gubernamental en la crisis. Son funcionarios vitrineros y aman la pantalla. Ellos, como depositarios del 27% de los derechos decomisados a la familia de Rodríguez Gacha por extinción de dominio, deberían tener una conducta de fiscalización hacia todo lo que huele a podrido, que es casi todo. No lo hacen y por lo tanto son cómplices absolutos del descalabro deportivo y económico.
En la penúltima crisis de esta inicua y ridícula administración López, prometieron que le pondrían condicionamientos al presidente, limitaciones a sus gastos y controles a sus actividades. No pasó nada, todo sigue igual, inclusive ellos, y concretamente Guillermo Reyes, abandonó el Viceministerio del Interior para irse de viaje a Rusia, hace menos de un año a ver la final de la Champions invitado por el futuro patrocinador de Millonarios en ropa deportiva.
De López, García, Franco y todos esos ineptos negociantes en beneficio propio, no se puede pedir nada diferente. Ellos confiesan abiertamente que “este es un negocio” y son los “dueños” en una empresa privada como lo es el equipo de fútbol. Pero que el Estado sea cómplice de tanta conducta irregular no es válido ni sostenible.
¿Carlos Albornoz se dará cuenta de lo malos que son sus representantes o también va en la “rumba”? Como dicen por ahí, “lo que nada nos cuesta… volvámoslo fiesta”.