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No se mancha

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El megaescándalo de la FIFA y su efecto dominó no parecen afectar a los jugadores, quienes siguen haciendo lo suyo: entrar al campo, jugar, deleitar e intentar dar espectáculo.

Los futbolistas no están en el cuento de los sobornos y otras trapisondas que afectan el nombre del fútbol; a los jugadores les interesa que el balón siga corriendo pese a la presencia de ellos, esos señores que han hecho del fútbol un negocio particular.

Del infierno a la gloria sólo hay un paso y viceversa. Bien lo sabe Juan Fernando Caicedo, que había despilfarrado una pena máxima en Techo y que volvió a fallar en el Atanasio Girardot. ¿Hasta dónde es acertado reiterar el cobrador luego de que ha fallado? ¿Quién se pone más nervioso: el pateador que debe elegir si repetir el palo, si cambiarlo, o el golero que piensa lo mismo, repetirá o cambiará? Sigo creyendo que es mejor darle la responsabilidad a otro jugador y allí se le traslada toda la carga emocional al cuidapalos, que no tiene claro a dónde lo puede patear el hombre al que enfrenta por primera vez. Pero si Caicedo bajó al infierno con su fallo, subió derechito al cielo y la gloria con la clasificación del Medellín que en sólo 10 minutos cambió la historia.

Durante 90 minutos Luis Delgado fue el gran protagonista de Millonarios ante la avalancha verde. Abajo, arriba, a los costados, con una seguridad y una solvencia total, el suplente azul, que había recibido el encargo de suplir a Vikonis, demostró estar preparado física y mentalmente para sacar adelante la papeleta. Estaba en la gloria cuando se fueron a los tiros desde el punto penal pues él es, históricamente comprobado, un especialista en esos lanzamientos. Y como en la canción, todo se derrumbó en el momento en que se paró frente a la pelota y decidió cambiar potencia por colocación anunciándole a Hernández el palo por el cual enviaría la pelota. En una décima de segundo cayó del cielo al infierno. Millos murió y la historia tan sólo recordará que a Delgado le atajaron el tiro definitivo.

Qué buenas semifinales. Fútbol intenso, dinámico, agradable, estadios llenos, fiestas deportivas con hinchadas que hicieron coreografías y apoyaron a sus equipos y un tiquete para ese Cali juvenil, atrevido, osado, en el que sale uno de veinte y entra uno de 18 años, llevado de la mano por ese gran jugador que es Roa, y un Medellín que tiene a Marrugo en un momento brillante. Es la ley del fútbol, la pelota no se mancha.

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