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¿Tendrá algo que ver el adelanto del horario para los partidos de fútbol con el sorprendente incremento del número de goles de las últimas dos jornadas? Un interrogante que no parece tener explicaciones claras en lo fisiológico, físico, técnico o táctico. La última fecha fue impecable en cuanto a emociones, bellas anotaciones, resultados sorprendentes.

La enconada lucha por el primer lugar que en este momento pertenece al Leicester criollo, ese Rionegro vencedor que sorprende gratamente porque juega bien y gana, sólo se decantará en la última fecha. Nacional sigue siendo el gran favorito, pero sus ocupaciones coperas a veces lo distraen y lo obligan a usar los equipos alternativos, que evidentemente no son tan fuertes como el titular. Júnior vuelve a ser su gran rival, como lo fue en el semestre anterior, guiado de la mano de Vladimir y Ovelar. A propósito, hacía rato no se veía un jugador de tanta clase como este paraguayo, que sostiene bien la pelota, maneja los dos perfiles, golea por dentro y por fuera, y como si fuera poco remata bien de cabeza.

Millonarios ha logrado encadenar una magnífica racha de victorias consecutivas y es evidente que ha levantado mucho en su nivel de juego. Sus volantes de marca sostienen el engranaje, dándole el equilibrio, pero además ha logrado activar la fórmula Silva-Núñez- Rangel para llegar al gol. Silva llega desde atrás en funciones mucho más ofensivas, mientras que Jhonatan construye y Rangel, injustamente vilipendiado por un sector de la tribuna, viene demostrando que es un delantero con gol y potencia al que se le puede sacar provecho.

A la llave Pecoso Castro-Martínez, técnico y presidente del Cali, no les sale una bien. El equipo está destruido internamente por los conflictos entre técnico y jugadores, una cosa es el trato fuerte y otra el matoneo, los resultados no se dan y allá, en el horizonte, se adivina aquel momento en que el veterano pero inseguro técnico y el bisoño y arrogante presidente decidieron que Germán Mera era mejor que Mario Yepes. El uno por miedo a que Mario lo pusiera en su sitio con sus bravuconadas; el otro porque sabe que la gente del Cali adora al zaguero y su ego prepotente se vendría a pique. Nadie puede garantizar que con Mario hubiera sido diferente en los resultados, pero la defensa jugaría mucho mejor, por lo menos sabría qué hacer, y no recibiría la habitual cuota de cuatro goles por partido. El final tiene que ser un adiós para la parejita de técnico y presidente. Culpar sólo a Castro es cobarde y desatinado.

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