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Se acabó el margen de error, si es que realmente lo hubo. La selección tiene un fuerte aroma a gladiolo en sus aspiraciones de asistir al Mundial de Sudáfrica. Desde el juego frente a los peruanos este miércoles, en Medellín, sólo sirve ganar de a tres puntos, sólo eso.
En Buenos Aires se hizo un magnífico partido, el mejor que ha realizado la selección en condición de visitante durante estas eliminatorias, pero se volvió a perder. La vieja frase, “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, se está convirtiendo en un mal hábito. El seleccionado tuvo personalidad para no asustarse ante los rimbombantes nombres del adversario, tuvo carácter para no meterse atrás, colgados de los palos, manejó el desdoblamiento en forma certera y las siete ocasiones de gol que tuvo a su favor en los 90 demuestran que el partido fue bien planificado y bien ejecutado, salvo el error donde hubo una pérdida de marca inaceptable en un equipo profesional donde se sabe que un descuido cuesta un partido.
Los números no favorecen a Eduardo Lara. Los planteos tácticos ante Brasil y Argentina, la variante contra Venezuela con un hombre menos y el funcionamiento del equipo en la cancha lo defienden plenamente. Esta selección juega mucho mejor que la que había armado Pinto, es menos especulativa, tiene más carácter, mayor identidad en el trato de la pelota. Empero, los resultados siguen sin darse y los goles tampoco llegan. Hoy como ayer, el problema de meter la pelota en el arco enemigo es insoluble. Ninguna fórmula, ningún jugador, llámese Falcao, Wason, Rodallega, Darwin, el que se quiera alinear, tiene gol en sus botines. Y sin goles no se va a ninguna parte.
Lara se jugó una carta dura cuando convocó a Córdoba y más dura aun cuando lo dejó en el banco. Fue una declaración de principios, de mando. El técnico le dijo a la tropa que no había generales de cuatro soles y que jugarían los que él creyera. Acertó, nadie tiene derecho a reclamar por Córdoba o Bedoya, los que jugaron en sus puestos lo hicieron bien y todos quedaron advertidos: ningún apellido, por importante que sea, tiene el puesto asegurado y el que venga a la selección debe saber que es susceptible de ir al banco.
De ahora en adelante, sin margen de error, sólo sirve ganar todo lo que viene y encontrar la memoria del gol, ese gen que alguien se llevó y que tiene a la selección de pies y manos en el cajón mortuorio.