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Argentina y Portugal se fueron para la casa y con ellos los dos más grandes iconos del fútbol mundial, durante los últimos 12 años. Entre Messi y Cristiano suman 10 Balones de Oro, expresión máxima de un apabullante dominio a nivel individual.

Las dos estrellas “murieron” víctimas de la ausencia de planes colectivos para recordar que el fútbol es un deporte de conjunto, que cuando se interpreta por solistas de gran alcurnia necesita indefectiblemente el soporte de la estructura del conjunto. Ni Argentina ni Portugal pudieron escribir una partitura que permitiera a sus estrellas brillar a la altura de lo que necesitaba el equipo para potenciarlos, para encumbrarlos a su mejor versión.

Es un grave error decir que el único solista que ganó un Mundial  fue Diego Maradona en el 86. Bilardo preparó un entramado táctico, aportó elementos defensivos y de ataque con veloces transiciones y acompañamientos, que permitieron a Diego brillar a la mejor altura de su carrera. Argentina tuvo técnico, tuvo ideas para hacer gravitar a Maradona y luego el genio frotó la lámpara.

Messi, en Rusia, fue víctima de un adefesio continuado en la idea táctica. La insólita renuncia de Sampaoli a unas ideas y lo que decidió el sanedrín, encabezado por el insoportable Jefecito, llevo al 10 a estar lejos de la pelota, sin socios, encerrado en la maraña de piernas adversarias que siempre cortaron el circuito ofensivo. La última apuesta, ponerlo a jugar de “nueve falso” fue tan esperpéntica como ridícula. Messi sin balón es como Rembrandt sin pincel o Chopin sin piano. Para que Messi pudiese triunfar en la posición de “nueve falso”, que le inventó Guardiola en el gran Barca del sextete, tenía por detrás a Iniesta y Xavi en su mejor momento. Pretender que Mascherano y Enzo Pérez alimentaran a su crack es tan estrafalario como incoherente y solo demuestra una extrema ignorancia táctica.

En Portugal sucedió exactamente lo mismo. Cristiano es el mejor goleador del mundo, pero para que pueda encontrar petróleo necesita quien abra la tierra, quien excave. Y el circuito creativo de los lusitanos con Joao Mario, Bernardo Silva y con Guedes, como compañero de aventura, fue totalmente insuficiente para dejar a CR7 en posición de remate. Luchó, se movió, salió a los costados, le levantaron 50 pelotas que terminaron en la cabeza de Godín y Giménez, pero nunca encontraron la línea de pase, la pelota limpia para que CR7 hiciera su trabajo definidor.

A los 34 y 31 años, Cristiano y Messi ya no están para las aventuras individuales, necesitan del colectivo, porque, valga de una vez para siempre, el fútbol es un juego de conjunto, de equipo y los dos astros carecían de compañeros aptos para elevarlos y sostenerlos en el curubito.
Volveremos a tener noticias de ellos, en el Barca y el Real, donde los cuidan y los miman.

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