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El técnico de Millonarios tiene la razón cuando afirma que el árbitro chileno Rubén Selman tuvo una marcada influencia en el trámite de la eliminación de los azules ante América. Selman es un perverso sujeto que se cree el más guapo de todos, que con sus actitudes pendencieras y groseras contra los futbolistas quiere imponer un respeto que no merece por su comportamiento dudoso. Selman invalidó una jugada de gol a Castillo que era absolutamente legal. Era el tanto del empate en Toluca tan sólo dos minutos después del gol del América. Era otro partido. Selman expulsó en forma injusta a Villagra y ese concepto se le ha escuchado a veteranos analistas como Ángel Sánchez, de Argentina, y Ramos Rizzo, de México. Selman desequilibró el partido y entregó en bandeja de plata al América el cuerpo de Millonarios.
Ahora, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. América fue mejor a lo largo de los 180 minutos. En Bogotá ganó bien, aprovechando los graves errores de planteo táctico y las falencias de un Millonarios que estudió muy poco al adversario y no supo controlarlo, de un Millonarios que creyó que a punta de ganas superaba a un rival poderoso en lo futbolístico. También contribuyó la lesión de Bedoya en el momento clave de los azules cuando estaban más cerca del tercero. Y en México aprovechó los dos errores del bárbaro de Selman y dominó a su antojo, con un hombre de más en la cancha, a un desordenado e improductivo Millonarios, sin argumentos técnicos o tácticos para equilibrar un partido que el juez decidió.
Millonarios ya descansa. Fracaso rotundo en el torneo local y clasificado en los cuatro mejores de la Nissan y acá es donde viene el necesario debate sobre el presente y futuro. Esas efímeras y circunstanciales victorias, el llegar hasta el cuarto lugar en el torneo internacional tapa, esconde, atempera el gravísimo fracaso de todo el año. En el primer torneo fue quinto o sexto, da lo mismo, en el segundo no entró en los ocho, en la Copa llegó de cuarto. ¿Es eso una campaña meritoria, grande, satisfactoria?
El hincha ciego, el hincha que no razona, el hincha ávido de triunfos, dirá que sí, que es grandioso. El hincha que analiza un poco más a fondo entiende que ser cuarto es como ser nada. Del primero para abajo todos son perdedores, dice la razón, la lógica, la coherencia. Del cuarto nadie se acuerda. Son triunfos efímeros, circunstanciales, del momento. Lo único que vale en el fútbol es ser campeón y Millonarios no logró el objetivo. Está claro que Millonarios tiene una hinchada urgida de éxitos, de triunfos, de títulos. Tiene mucha gente dispuesta volcarse a favor del equipo, a darle su compañía.
Vienen épocas muy difíciles y peligrosas para la institucionalidad, para el futuro. Esos mismos jugadores que fracasaron en el torneo local y se le "pararon" a Lasarte, ¿son confiables para seguir? El técnico, ¿un buen motivador, un flaco estratega, lejano del raciocinio elemental que se requiere en el banco, es el candidato ideal para continuar? ¿Y cómo van a pagar los 3 mil millones de enero? ¿Cuántos jugadores propios tiene Millonarios? ¿Cómo explicar el despilfarro que significó la compra de Briceño, Malucho Silva, Fadeuille, Tejera, Cortés, la contratación de Martín "Desastre", ¿cuánto dinero tirado al tarro de la basura? ¿Cómo explicar el desastre administrativo, las incoherencias en los balances, la pérdida de la confianza de la DNE en el "maestrito presidente"?
Por ahora, llegar hasta semifinales es tan sólo una anécdota que el hincha recordará gratamente, pero que en la historia de un equipo como Millonarios sólo fue un espejismo, una ilusión pasajera. Al hincha, se dirá, nadie le quita lo bailado. Pero eso no salva que este fue otro año perdido, otro fracaso a cuestas, "maestrico" parlanchín.