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Urgente, un siquiatra

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Toda la credibilidad que se pudo ganar en el partido frente a Argentina en Buenos Aires, la tenencia de balón, las opciones creadas, la triangulación ofensiva o la aplicación táctica, se vino al suelo en la última media hora del lance contra Perú en el Atanasio Girardot, cuando la selección volvió a un deprimente nivel, tuvo pérdida absoluta de confianza, mal manejo de la bola, poca claridad para “cerrar” un partido y escasa inteligencia desde el banco para mover el equipo, debido a cambios torpes y nula lectura táctica de las necesidades del momento.

¿Y entonces cuál es la verdadera Colombia? A cuál de las dos caras, tan distantes la una de la otra, se le puede encomendar la suerte en una eliminatoria en la que los números indican que todavía hay chance, pero el fútbol no aparece tan sólido y continuo como para abrigar esperanzas de al menos llegar al quinto lugar de la tabla y disputar el repechaje contra el cuarto de la Concacaf.

Este equipo tricolor es una incógnita, capaz de producir cosas interesantes y ahí mismo, con la velocidad de un rayo, caer a estados somnolientos. El principal problema de este seleccionado es que ha perdido la confianza en sí mismo. No vende ilusión, sólo alberga incertidumbre y esta ausencia de fe, la falta de confianza, se transmite a todo el entorno.

Los delanteros, por ejemplo, de tanto oír que son unos despilfarradores, que son torpes definiendo, que no le hacen un gol al arco iris, han perdido toda la seguridad y por eso llegan a los partidos y suman y suman opciones desperdiciadas. Seis contra Argentina, nueve contra Perú y un lánguido y raquítico balance de un gol en la llave de dos juegos, justo ahora, cuando se necesitaba ganar y golear, cuando estaba al frente el equipo más débil de la eliminatoria, cuando se hacía necesario conjugar las tres “G”: ganar-gustar-golear.

Matemáticamente todavía hay chances, futbolísticamente se tiene que subir un 40% el rendimiento para que la ilusión pueda alimentarse sobre la base de juego. El cuentico aquel de que hay que ganar como sea, no sirve, no se puede seguir alimentando esa falacia. Hay que ganar jugando bien, es la mejor y única fórmula, creer en sí mismo, en el respeto a la pelota, en asociarse, en llegar a opción y definir como se debe.

Urgente, a este equipo hay que traerle un siquiatra para que les haga ver a esos jugadores que sí pueden, que los partidos duran 90 minutos y que lo primero para enderezar el rumbo es creérselo, no en poses de agrande, no en frases huecas, no en declaraciones estériles, sino en actitudes solidarias y firmes en la cancha.

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