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Durante más de una década, el mundo virtual ha seguido de cerca la batalla por el control naval de internet. Me refiero a la llamada "guerra de los navegadores": la disputa por ser el programa preferido para acceder y recorrer la red. ¿Qué es lo que está en juego?
La historia de la guerra de los navegadores se inició como un drama familiar, casi bíblico. Cuenta la leyenda que el primer navegador gráfico de uso extendido, pensado para el usuario común, se llamó Mosaic. Su primera versión nació en abril de 1993 en Urbana, Illinois, en el mismo lugar y pocos años antes o pocos meses después (dependiendo de la versión) que HAL-9000, el programa psicópata que Arthur C. Clarke soñó, y Stanley Kubrick inmortalizó en la mítica 2001: Odisea en el Espacio. Mosaic fue creado por Marc Anderseen y Eric Bina cuando eran estudiantes, como parte de un proyecto de investigación en computación de alto desempeño y comunicación financiado por el estado norteamericano, pero su licencia de comercialización y distribución era propiedad de la Universidad de Illinois. Como Anderseen no tenía control sobre el programa, una vez graduado decidió reiniciar el proyecto desde ceros montando su propia empresa y creando Netscape. Parecía un buen negocio. En 1995, Microsoft pagó por la licencia sobre Mosaic, y con parte de su código, así como las ideas generales de funcionamiento, desarrolló la primera versión de Internet Explorer. Hacia 1997, con la burbuja punto-com creciendo enloquecida y los hermanos Netscape e Internet Explorer en sus primeras versiones maduras, el teatro de operaciones estaba más que dispuesto. Pronto se iniciaron las escaramuzas.
No voy a entrar en detalles. Lo cierto es que hubo movidas astutas y jugadas sucias, como en toda guerra. Microsoft, amparándose en su popularísimo sistema operativo, logró que Internet Explorer pronto se tomara el mercado. Netscape respondió con demandas de monopolio pero igual flaqueó y, en una movida que en su momento pareció desesperada pero ahora es considerada visionaria, decidió convertir su navegador en un proyecto de software libre; es decir, lo convirtió en un programa con una licencia que permite, no sólo ejecutarlo, sino copiarlo, distribuirlo, estudiar su código, modificarlo y mejorarlo a gusto, transformando así a cada usuario en un potencial co-desarrollador del programa. Tras esta decisión, y apoyados por un ejército de programadores voluntarios, surgió primero Mozilla y luego el exitoso Firefox. Paralelamente, otros navegadores, como Opera y Safari (el navegador de Apple), entraron en la competencia. El último en sumarse a la batalla es Google, que el año pasado lanzó con mucha promoción su flamante (y también libre) Chrome. En este momento, si le creemos a StatCounter, Internet Explorer domina con un 55% (¡aunque bajó 10 puntos en 2009!), lo sigue Firefox (en subida) con un 31% y luego Chrome escala al tercer lugar con apenas 3%.
Hasta aquí podría parecer que la batalla de los navegadores es una competencia irrelevante por el control de un mercado de programas de descarga gratuita, una curiosidad de aficionados o especialistas, una disputa casi que de orgullo porque, al fin y al cabo, Internet se ve más o menos parecido no importa el navegador que uno use. Sin embargo, muchas cosas han cambiado desde que Netscape e Internet Explorer nacieron. Cuando la guerra se inició los navegadores eran una herramienta dentro del computador para consultar la red. La red era entonces un gran repositorio de información organizada con enlaces y los navegadores servían para visualizar y leer esa información. A medida que esta información se hizo más compleja y la utilidad de Internet aumentó, surgió la necesidad de proponer estándares. Los estándares web son unas reglas mínimas para los archivos que los navegadores leen y luego traducen a imágenes, diagramación, formato e interactividad. Cada navegador, sin embargo, decide qué tan estricto es en seguir estos estándares. La mayoría intentan estar al día, pero Internet Explorer, por ejemplo, no parece interesado en acogerlos plenamente, prefiere sus propias reglas (actualmente, casi cualquier página tiene una versión especial para que el renegado IE pueda traducirla como corresponde). El punto es que entre más prevalencia de uso, los diferentes navegadores tienen más control (por fuerza) sobre los estándares y, por tanto, la manera como funcionan las páginas de internet y lo que es posible hacer con ellas.
Hoy en día una página de internet es mucho más que un documento. Constantemente aparecen nuevas aplicaciones en línea que sustituyen a los programas tradicionales. Al principio era sólo clientes de correo electrónico, pero hoy hay procesadores de palabras (escribo esta columna en GoogleDocs, para no ir más lejos), juegos, editores de imágenes, reproductores de música y video, etcétera. En pocos años casi cualquier programa concebible contará con una versión en línea que accederemos mediante un navegador. Que Google llame a su sistema operativo para netbooks igual que su navegador no es accidental. El computador personal del futuro no tendrá disco duro (todos nuestros documentos estarán (si es que ya no están) en una nube de discos duros interconectados accesible desde cualquier lugar) y constará de un sólo programa: un navegador que servirá como puerta de acceso al computador universal de uso colectivo que será (¿o ya es?) la red. Por eso es que la guerra de los navegadores es importante y por eso es que hay grandes empresas involucradas. No es sólo la competencia por el uso de un programa sobre otro, es la disputa por el control del comportamiento, posibilidades y apariencia de ese no tan lejano computador universal.