Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En agosto de 1990 el periodista Andy Grundberg escribió un artículo en el New York Times donde predecía el fin de la fotografía documental. La cámara puede mentir, nos advertía. La manipulación digital de imágenes, recién nacida en ese entonces, nos impedirá saber qué es real y qué es falso. Dos décadas más tarde el consenso al respecto es claro: las fotos mienten, por supuesto, pero esas son mentiras que estamos dispuestos a aceptar.
Hace cosa de un mes, la reputada marca Ralph Lauren promocionó su nueva colección en Japón con fotos de la icónica modelo franco-sueca Filippa Hamilton. En los afiches la vemos posando en estudio: camiseta sin mangas de cuadros con volados, jeans gastados y rotos, pelo suelto y salvaje a medio teñir, manos en la cintura, actitud de vaquera desafiante. Un problema: su cabeza es una y media veces más grande que su pelvis. Parece, y esto es siendo amable, una de las desproporcionadas y lamentablemente populares muñecas Bratz.
Un par de semanas más tarde, PhotoshopDisasters, un blog de corte humorístico dedicado a la denuncia de los crímenes estéticos producidos por la manipulación digital de imágenes, reportó el afiche de Ralph Lauren. Su comentario tuvo cierto eco en la blogosfera y fue enlazado desde el reputadísimo Boing-Boing. En respuesta al destape y con gran torpeza, Ralph Lauren procedió a demandar a ambos blogs por uso indebido de su publicidad (y también, se rumora, despidió a Hamliton por subir de talla, pese a medir 1,78 metros y pesar escasos 55 kilos (Preocupante índice de masa corporal: 17,4)). Ante la demanda Boing-Boing se burló: publicó (con comentarios) la carta de los abogados, armó escándalo, la voz corrió, la foto apareció reproducida en cuando sitio de noticias existe, y en día y medio Ralph Lauren ofreció disculpas: "Tras algunas pesquisas", dijeron, "hemos descubierto que somos responsables del lamentable retoque que produjo una versión terriblemente distorsionada del cuerpo de una mujer". Prometen que no volverá a pasar.
Y sin embargo pasa. Pasa antes y después de las disculpas. Pasa todo el tiempo y cada vez somos más tolerantes con la distorsión. Las fotos publicitarias son manipuladas, lo sabemos, pero no nos importa siempre y cuando el retoque no sea flagrante. Refinan curvas, limpian la piel, desaparecen arrugas y panzas, colorean o decoloran, inflan y desinflan de acuerdo a los estándares que impone la industria. Pasa en Ralph Lauren, sí, y también pasa en fotos personales de Facebook que supuestamente muestran quiénes somos. La imagen de Filippa Hamilton en modo vaquera extraterrestre nos insulta no porque ofrezca una versión manipulada de su de por sí flacucho cuerpo, eso nos tiene sin cuidado, sino porque la manipulación es evidente y nos choca, es monstruosa. Nos irrespeta como consumidores. Mientan, les decimos, pero procuren que no nos demos cuenta. Tal vez si el cambio es sutil pero progresivo, un día, ¿hoy mismo? ¿mañana?, al ojear fotos de revistas, empezaremos a dudar de nuestra propia humanidad.