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Hay un Caribe profundo que no alcanza para la postal pero sí para insertar una tragedia anual en el calendario. En ese Caribe no hay mar pero sí suficiente sal para mantener en carne viva la desdicha. Hay mucha agua dulce que no logra endulzar las amarguras de la vida, pero si la arrastra con cada invierno en un apocalipsis de maleza y lodo. No hay bacanes con camisas de flores y sonrisa permanente, pero sí campesinos con ropa desteñida y una mueca por sonrisa.
Por estos días, en los canales regionales y en la televisión pública del país, podemos ver algo de ese Caribe de ríos, caños y ciénagas. La serie de televisión Antes de la fiesta –como dice Iván Wild, su director– es una manera de mostrar “otra poética del agua”. Es un trabajo de ficción que sin embargo representa una de las denuncias más crudas de la realidad de la zona del Canal del Dique y las riberas del bajo Magdalena. Se trata de la historia de una joven periodista que en la búsqueda de sus verdades personales –una de ellas el esclarecimiento de la muerte de su padre supuestamente por suicidio–, encuentra la verdad o las verdades de la tragedia de una región.
Antes de la fiesta mueve al espectador con imponentes tomas aéreas y primeros planos de un universo rural de agua y cultivos de palma; y de una ciudad de Barranquilla, sin los soles abrasadores y el colorido del carnaval con los que tradicionalmente nos la han vendido los catálogos de turismo. Aquí hay calor y humedad de río, pero no hay sol. Todo es gris. Esta es la apuesta estética de su director para desafiar los estereotipos que pesan sobre el Caribe colombiano, y el lugar común de mar, soles, palmeras y negros felices bailando y pelando cocos.
Detrás de todo está el carnaval. Mientras Barranquilla se sumerge en los preparativos de la gran fiesta y en las esquinas y los diarios de la ciudad no hay otro tema del que hablar y escribir, los pueblos y las zonas rurales sufren las inundaciones por las malas obras de ingeniería hidráulica o por la ambición de unos pocos por controlar a su modo las aguas comunes. En medio del carnaval, con sus comparsas y disfraces, con sus reinas y sus apodos de costeñas consentidas, está la tragedia. No son dos tiempos, carnaval y tragedia suceden de manera simultánea y hasta comparten actores. Quienes son víctimas de la desgracia no están ausentes de la fiesta colectiva, todo sucede en un mismo escenario. Son precisamente los humildes pueblos de ríos y ciénagas, los que históricamente lo han alimentado, quienes más han sufrido las consecuencias de la voracidad por la tierra, el control de las aguas, las desapariciones y los asesinatos sistemáticos. Allí también se mueven los victimarios, quizá desfilando en las calles, bailando en los clubes o a través del reluciente aviso de la generosa empresa que patrocina el jolgorio.
Antes de la fiesta es la postal trágica del Caribe colombiano. Aquí no hay palmeras meciéndose frente a un mar de tono azul verdoso. Lo que hay es agua revuelta, pantano y lodo; campesinos desterrados, asesinados, y extensos cultivos del palma que por las tardes mecen sus hojas lentamente en engañosa mansedumbre, mientras crecen imponentes en un terreno abonado con muertos.