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HOY, HACE 200 AÑOS, EN KINGSTON, Simón Bolívar expuso en un documento de incuestionable riqueza literaria —conocido como la Carta de Jamaica—, su visión sobre el pasado y el futuro del territorio americano.
No fue un hecho casual que el escrito más celebrado del Libertador haya sido redactado en esta isla del Caribe. Desde el siglo XVIII la Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela habían establecido nutridas relaciones comerciales, políticas y culturales con Jamaica.
Fue en Jamaica donde los comisionados de las provincias de la Nueva Granada consiguieron la mayoría de las armas, las municiones y hasta las imprentas, que se usaron durante el proceso de independencia a comienzos del siglo XIX. Está ampliamente documentado que los contactos de la logias masónicas de uno y otro territorio fueron frecuentes; que de allí llegaban los periódicos y gacetas que mantenían enterados a los habitantes de este lado del mundo de los acontecimientos políticos de la Península; y que era mucho más fácil viajar de Cartagena o Santa Marta a Kingston o La Habana, que a Santa fe de Bogotá.
En estos momentos de conmemoración del Bicentenario de la Carta de Jamaica y de dificultades en la política exterior colombiana, es imposible no establecer estas conexiones históricas. Precisamente ahora, cuando la Cancillería se queja de la falta de apoyo de los países del Caribe a los requerimientos del Estado colombiano en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), a propósito de los repatriados nacionales desde Venezuela y las dificultades en la frontera.
Aquí, sin desatender las acciones inmediatas que se necesitan para solucionar la crisis, es necesario replantear la política exterior colombiana con el Caribe. Desde hace mucho tiempo —paradójicamente para los tiempos en que más pretendíamos consolidarnos como nación— Colombia se olvidó de las relaciones históricas que tuvo con esta importante región. Para el común de los colombianos, incluso para muchos académicos especialistas, no parece haber ningún hecho que relacione nuestro proceso de construcción de nación con el gran Caribe. De manera que terminamos por asumir ese espacio simplemente como el lugar de veraneo, de soles trepidantes y palmeras, habitado por negritos que comen coco, andan siempre de fiesta y usan camisas de colores.
Como muchos no se fijan en los acumulados históricos, y tienden a creer que el mundo se inventó ayer, siempre será más fácil explicar la posición de estos países acudiendo a causas inmediatas. La culpa del fracaso de la acción colombiana ante la OEA está en los petrodólares venezolanos, y no en nuestra falta de interés en construir una estable relación con el Caribe. La mayor certeza de nuestra política exterior es la pataleta ante los fallos adversos, y nuestra más certera muestra de nacionalismo, es buscar la culpa en otro lado. Si Nairo no gana es porque tiene fiebre o porque Froome se dopa. Entre esa posición y la de Maduro, créanme, no hay ninguna diferencia.
Compartamos o no su modelo político actual, lo cierto es que desde siempre Venezuela ha asumido unas relaciones diplomáticas mucho más sólidas que las nuestras con el Caribe. Nosotros, que con varias extensiones de costas en el mar Caribe, hemos despreciado nuestra vocación caribeña. Hoy, en el Bicentenario de la famosa carta, que no se les olvide a nuestros diplomáticos que Colombia limita con Jamaica.
Quizás es el momento de repensar nuestra política exterior, tal vez sería una posición más honesta con los que sufren en la frontera.