Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Pocos colombianos fueron tan incansables y entusiastas como Manuel Zapata Olivella en la búsqueda de la identidad cultural incluyente y profunda de la nación. Manuel nunca paró. Todavía a finales de los años 90 —a poco de cumplir 80 años de edad— solía excusarse de su tardanza en la contestación de las cartas a sus amigos, aludiendo a sus compromisos culturales y académicos por el país y el mundo: “No todos los atrasos se deben al correo. Las demoras se deben principalmente a mis correrías de vagabundo más frecuentes ahora que las acostumbradas a los 23 años”, le escribió alguna vez en una carta a quien fuera su amigo entrañable, el profesor e investigador de literatura afrolatina e hispana Laurence E. Prescott.
Nada de la beligerancia intelectual y cultural de Manuel lo recogía del suelo. Antonio María Zapata Vásquez —padre de Manuel— apenas logró cursar tres semestres de derecho, pero fue un autodidacta, liberal doctrinario, lector compulsivo y maestro aventajado. En Lorica (Córdoba), en una vieja prensa de pedal que manejaban sus discípulos, imprimió periódicos, revistas y tratados escolares. En aquel puerto a orillas del río Sinú y luego en Cartagena, en el barrio de Getsemaní, fundó un colegio de enseñanza libertaria con el nombre de La Fraternidad, inspirado en uno de los principios de la Revolución Francesa. Cuando Manuel, recién graduado de Medicina en la Universidad Nacional de Colombia, se fue a ejercer el oficio en las anegadizas tierras de Córdoba y Sucre, se encontró con una romería de personas que contaban agradecidas cómo su padre les había enseñado las primeras letras.
Unos años atrás, una noche de febrero de 1942, cuando los estudiantes de la colonia costeña en Bogotá se tomaron por asalto la carrera séptima para expresar su nostalgia en la “señora de las brumas” con la gracia de porros y fandangos, Manuel vivió una especie de epifanía. Desde entonces, no desfalleció en el empeño para que esas, y toda la riqueza de las expresiones culturales populares históricamente negadas, fueran reconocidas por la nación. Sin duda, nadie contribuyó tanto como él al reconocimiento de lo afro, lo indígena y el mestizaje con estos dos elementos en su protagonismo vital; nadie tuvo tanta fuerza para sacar adelante a músicos y folcloristas de todos los rincones del territorio nacional y darles el lugar que merecían como referente cultural del país.
En la conmemoración del centenario de su natalicio, todos los procesos actuales de reivindicación de la cultura colombiana, no sólo la afrodescendiente, tienen que mirar atrás y recordar que primero estuvo Manuel. Desde siempre, con la incontestable riqueza de su obra literaria, su compromiso ético y político para emprender las más nobles cruzadas culturales, y su documentada voz de denuncia. Manuel Zapata Olivella se convirtió en el barro y el fuego que dio forma y definió lo que de plural, incluyente y justa tiene la identidad de la nación colombiana.
Ojalá que pase pronto esta pandemia infame por el bien de la humanidad. Ojalá, además, para rendirle en su año, con la dimensión que se merece, todos los homenajes que sean necesarios a este intelectual universal.