Como conejos

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En enero de 2017, en el marco del Hay Festival de Cartagena, la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) organizó una jornada de lectura colectiva para celebrar los 50 años de la primera publicación de Cien años de soledad. En aquel momento, apenas unos meses después de firmado el Acuerdo de Paz, quizá inspirado por la atmósfera o quizá como una epifanía de lo que vendría después, elegí leer aquel fragmento que dice: “En el curso de esa semana, por distintos lugares del litoral, sus 17 hijos fueron cazados como conejos por criminales invisibles que apuntaron al centro de sus cruces de ceniza”.

El pasado martes dos sicarios asesinaron a Wilson Saavedra en Tuluá, Valle del Cauca. Era un campesino que desde temprana edad entró a las filas de las Farc y con la misma determinación entró a comprometerse con la dejación de armas y el proceso de paz. Antes de su muerte se cuentan otros 139 asesinatos de exguerrilleros acogidos al Acuerdo y numerosas atrocidades contra sus familiares. Hace tan solo unos días asesinaron a un bebé en La Guajira, era hijo de excombatientes.

Así, por distintos lugares del litoral, como lo dijo Gabo, han ido cazándolos como conejos, ya desarmados, ya no en la guerra, sino en la paz. “Aureliano Triste salía de la casa de su madre a las siete de la noche, cuando un disparo de fusil surgido de la oscuridad le perforó la frente. Aureliano Centeno fue encontrado en la hamaca que solía colgar en la fábrica, con un punzón de picar hielo clavado hasta la empuñadura entre las cejas”, uno a uno, la masacre a cuentagotas, el plan de exterminio a los hombres marcados por las cruces de cenizas. Esa marca indeleble de un país que no deja pasar, que no perdona, que no se da chance de comenzar otra vez, de pasar la página, de reinventarse.

Dicen que Wilson Saavedra había llegado a Tuluá a comprar una torta de cumpleaños de su hijo. En Tuluá lo asesinaron. La celebración del cumpleaños del niño se convirtió en un funeral. En las lógicas de la guerra eso es posible y los guerreros lo saben, lo complejo es que esto siga pasando cuando el guerrero dejó las armas convencido de que su apuesta es la paz.

Gabriel García Márquez sigue narrando la masacre de todos los Aurelianos, uno a uno, todos en estado de indefensión. “Amaranta buscó la libreta de cuentas donde había anotado los datos de los sobrinos, y a medida que llegaban los telegramas iba tachando nombres, hasta que solo quedó el del mayor”. Tachar nombres, de eso sabe la historia de este país. Tachar nombres en la guerra es una tragedia obvia. Tachar nombres mientras se construye la paz es una dolorosa paradoja. El exterminio a los exguerrilleros de las Farc es una perversa invitación para que vuelvan a la guerra. Mientras tanto siguen asesinando líderes sociales, a un cineasta, un médico, un funcionario judicial, un antropólogo y una profesora. Todo en pocos días.

Quizá asistimos a nuestra tradición histórica de exterminios después de los armisticios, pero el presidente Duque debe ponerse en función del mandato constitucional de defender la paz.

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