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Los niños que nacieron hace dos o tres años en algunas zonas del Caribe colombiano apenas empiezan a conocer la lluvia.
Son los hijos de la sequía. La espera de los padres para enseñarles la antiquísima y popular tonada infantil, “¡que llueva, que llueva, la virgen de la cueva!…”, ha sido larga. En algunos sitios la lluvia no ha sido más que una garúa triste —lo más parecido a cuatro borrachos escupiendo desde un quinto piso—, pero en la región ya se instaló el presagio de los aguaceros apocalípticos comunes a los trópicos.
Los niños conocerán la lluvia, pero de manera exagerada. Somos un país de excesos hasta en sus manifestaciones climáticas. Dejarán de ser los hijos de la sequía y el polvo para convertirse en los niños de las inundaciones y el lodo. No se sabe qué es peor. Lo cierto es que en algún momento, en las humildes escuelas, los pupitres flotarán a la deriva, los ríos desbordados se tragarán pueblos enteros, sus calles anegadas los harán parecer versiones miserables de Venecia, y los infantes andarán por ahí, con la piel llagosa debido a las infecciones cutáneas que trae el invierno.
Nos asaltarán aguaceros bíblicos, y el nuevo ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, tendrá que lidiar con una Niña malcriada que se divierte jugando con agua. Luis Gilberto Murillo tiene como reto demostrar que no es solamente la cuota del presidente Santos para cumplir con el reconocimiento a la población afrodescendiente. Deberá alejar los nubarrones que rondan su nombramiento por su especialidad en la explotación de minas a cielo abierto, considerada una de las prácticas más contaminantes del medio ambiente.
Sabemos de países capaces de cultivar en el desierto. Nosotros, que en los inviernos más crudos se nos moja hasta el pensamiento y el agua es tan abundante que genera desgracias, no hemos sido capaces de construir una estrategia de recolección y almacenamiento de aguas que impida la tragedia de los campesinos y los sectores pobres en los períodos de mayor sequía. Por supuesto que el cambio climático existe. Pero la falta de planificación en materia ambiental es una verdad evidente.
El Gobierno tampoco ha sido eficiente en el castigo a los que generan daños ecológicos considerables. Es un insulto, para poner solo un ejemplo, que la política de protección a la Ciénaga Grande de Santa y al Parque Natural Isla de Salamanca se traduzca solo en la judicialización de unas cuantas personas humildes que ocasionalmente queman el mangle para obtener carbón. Mientras tanto, los empresarios y hacendados poderosos que han quemado cientos de hectáreas de bosques para crear potreros, canalizado cuerpos de agua para regar cultivos, represado arroyos, drenado pantanos y construido 27 kilómetros de diques y terraplenes ilegales, los mismos que tienen la chequera boyante para sobornar a las autoridades ambientales, permanecen en la más absoluta impunidad.
Atento, querido ministro. Y no se olvide que no pasará mucho tiempo para que el cielo se rompa sobre la nación. Vendrá la lluvia. Y el polvo se convertirá en barro. Y quizá los padres y abuelos se arrepientan de haberles enseñado a sus hijos y nietos la famosa canción infantil, mientras tratan de buscar en su memoria las oraciones para remendar el cielo y el alma rotas.