La Filbo y los militares

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Nunca he estado en una feria del libro de un país donde gobierne una dictadura o régimen militar, pero tengo la impresión de que sería algo parecido a lo que he visto en la actual versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo). Habría que comenzar diciendo que eso de poner a Colombia —país anfitrión— como nación invitada colinda con la retórica y la estética de un acto cívico de colegio público de comienzos del siglo XX.

Entiendo que la idea era estar a tono con la coyuntura de la celebración de un nuevo Bicentenario —y digo nuevo porque bien, mal o regular conmemoramos un Bicentenario en el 2010—, pero si la Filbo se quería sumar a esa propuesta oficial, quizás habría resultado mucho más interesante traer como invitados a los llamados países bolivarianos (Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia); si somos más justos también a Haití y a Jamaica, territorios caribeños sin los que la Independencia de la nación hubiera sido más difícil de lo que fue o simplemente no hubiera ocurrido en el momento en que ocurrió. Y si todavía nos quedaba algo de generosidad trasnacional hubiéramos podido acudir como referencia histórica a la presencia de las legiones británicas, irlandesas y hasta polacas en la Independencia.

Es decir, el Bicentenario hubiera sido un buen pretexto para destacar tanto el espíritu cosmopolita sobre el que se ha movido la Feria del Libro desde sus inicios, como el que debería tener la misma conmemoración de los 200 años de historia como nación independiente. Con eso se hubiera podido armar un concepto atractivo, quizá menos apegado al parroquianismo sobre el que descansa toda idea que acuda al nacionalismo y a la innecesaria reivindicación patriótica. Pero no. Creo que nos quedamos, por lo menos en lo aparente, en la expresión más mezquina de la celebración y la puesta en escena de una estética militar que se pasea por los pabellones de Corferias en camuflado y trajes de gala.

Seamos justos. Esto va más allá de los mismos organizadores de la Filbo. Tampoco está en la minucia del desarrollo de la misma. Los contenidos de las presentaciones y mesas de discusión que se organizaron sin duda aportan a la pluralidad que se propone cada año el evento. Y no lo digo por Fernando Vallejo y la presentación de su proyecto literario en el que fusila a un montón de expresidentes para seguir amando a los animales. Lo digo por la cantidad de espacios en los que se discute sobre música, gastronomía, feminismo, afros… sin embargo, es inevitable que el público promedio —que dicho sea de paso es el que menos consume la programación con los especialistas— no se vea permeado por la exhibición militar y la alegoría nacionalista que tiene a Corferias como comando.

Fantástico que los militares asistan a una feria del libro; que lean a Gilles Lipovetsky, Pilar Quintana, Margo Glantz, Wade Davis, pero no que usen la Filbo para desplegar su presencia simbólica en un país —y hay que decirlo— que se despierta todos los días con la promesa de la guerra.

Esta crítica, quizá, sería exagerada y hasta injusta en otra coyuntura, pero aquí hay que leer el contexto. Mientras la Feria del Libro parecía un comando, militares —al parecer— castraban y asesinaban a Dimar Torres, policías —al parecer— le disparaban a un conductor de Uber en el aeropuerto El Dorado y en las bases militares del oriente del país se anunciaba la orden de acuartelamiento por el tema de Venezuela.

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