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El 17 de diciembre de 1986 el periódico El Espectador registró, quizá, la que sería la noticia más dolorosa para esa redacción hasta ese momento.
Habían asesinado a Guillermo Cano Isaza. “Alcanzado por varios de los proyectiles, don Guillermo perdió el control del vehículo y éste fue a estrellarse contra un poste del alumbrado público situado sobre el andén oriental de la avenida”, relataba la nota periodística.
El 27 de julio de 2012, en este mismo periódico, se publicó un texto de Rodolfo Rodríguez, titulado “Don Guillermo Cano murió en mis brazos”. Se trata del relato de los últimos minutos de vida de Cano, de la angustia por salvarle la vida, de lo que se hizo para socorrerlo, de su rostro mientras le llegaba la muerte. Rodolfo Rodríguez trabajaba en El Espectador, y salió esa tarde justo después de Cano, así que prácticamente presenció su asesinato y fue el primero en asistirlo. En su escrito, 26 años después del crimen, relata poderosamente lo que percibió de Guillermo instantes antes de su muerte: “Era como si quisiera escribir los últimos párrafos sobre su añorada paz para Colombia. Él siempre decía que le repugnaba la paz de los sepulcros: ‘Debemos comenzar a ensayar la paz verdadera y duradera’, afirmaba. Censuraba con firmeza la actitud de militares y políticos corruptos y a los narcotraficantes que habían implantado su política del terror, y quienes se habían metido con algo vital para él: la paz del país”.
El Espectador es un indiscutible referente de periodismo en Colombia, un testigo de 129 años de la historia nacional, no sólo porque ha estado en el lugar de los hechos para contarla, sino porque ha tenido criterio y estilo para hacerlo, y –especialmente– porque también la ha padecido. El 16 de junio de 1986, unos meses antes del asesinato de Guillermo Cano, habían asesinado a Roberto Camacho Parada, corresponsal del periódico en el Amazonas. El periodista investigaba sobre el narcotraficante Evaristo Porras.
Casi tres años después, el sábado 2 de septiembre de 1989, el periódico fue víctima de un atentado terrorista a manos de Pablo Escobar. Un carro bomba explotó y convirtió las oficinas de El Espectador en una ilustración de la guerra. Un mes después, fueron asesinados en Medellín los gerentes Martha Luz López y Miguel Soler. El corresponsal que quedó en la capital antioqueña tenía que trabajar ocultándose de los criminales. En 2011, la corresponsal de El Espectador, Mary Luz Avendaño, fue amenazada y obligada a salir del país. Había publicado artículos sobre bandas criminales y la complicidad con la fuerza pública. En 2015 fue amenazado en la ciudad de Popayán el corresponsal Edinson Bolaños, después de la publicación de un artículo sobre minería ilegal.
En las páginas de la edición especial del aniversario de El Espectador se dibujan historias de memoria, dolor y perdón. Recuerdan la memorable apuesta de Guillermo Cano Isaza por la paz. No es cierto que quienes han sido golpeados directamente por la acción inescrupulosa de los violentos tengan como única opción el odio amargo de la guerra. El perdón es algo personal, la búsqueda por las salidas pacíficas de un conflicto armado es una postura ética. La guerra, desde todo punto de vista, es inmoral.