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Cada 9 de abril se conmemora Día de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado en Colombia. La fecha no podía estar cargada de mayor sentido. Dentro del escalafón de la cronología nacional, el 9 de abril de 1948 está, quizás, a la altura de la fecha de la Independencia con las que se inició el proceso de construcción del Estado moderno en Colombia. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán inauguró lo que los estudiosos definieron dentro de la historia trágica del territorio como la Violencia, escrita así, con “V” mayúscula, como aprendimos desde la escuela, porque de alguna manera la situación trascendió la simple palabra para convertirse en una noción, un concepto, que definió la historia de la nación durante un tiempo considerable.
En un país que lleva varios años en el reconocimiento a las víctimas de la violencia, a partir de la Ley 1448 de 2011 —la misma que escogió ese momento conmemorativo—, es natural que ocurran foros, discusiones, debates, seminarios, marchas, siembras de árboles, elaboración de murales y toda clase de reconocimientos simbólicos a las víctimas y de discursos y apuestas por la importancia de la memoria histórica en el proceso de reconciliación nacional. De vez en cuando, para esta misma fecha, a alguien se le ocurre señalar que este mismo ejercicio de memoria nos debería llevar a recordar que unos momentos antes de que lo asesinaran, Jorge Eliécer Gaitán venía de defender en un juicio, y logrado que lo absolvieran, a un militar que había asesinado a un periodista.
Acostumbrados a mirar la historia como un escenario en el que actúan buenos y malos, como si tratara de una narración bíblica, este tipo de llamados de atención suelen hacer ruido. A mí me parece que son oportunidades inigualables para el análisis de la complejidad del uso público de la historia y de la memoria. Lo primero que habría que decir es que la muerte de una persona es condenable en cualquier tiempo y circunstancia, pero también debemos anotar que los llamados a recordar a esta figura se hacen desde la clara sensibilidad a favor de la libertad de prensa y de expresión de los tiempos actuales. Es decir, la figura de Eudoro Galarza Ossa se recuerda en tanto periodista, en tanto símbolo de una afrenta contra la libertad de expresión, con lo que evidentemente se traslada a los tiempos históricos una visión y sensibilidad que lo más probable es que para esos tiempos no existiera tan definida como ahora. Sin duda, todo llamado a la memoria se hace desde las sensibilidades del presente.
Por otro lado, la paradoja que encierra el hecho de que un hombre como Gaitán defendiera a un militar; él, que había sido tan vehemente en la condena pública a Carlos Cortés Vargas como la persona responsable de la masacre de las bananeras, se sustenta también en la percepción moral y política que se construyó con el tiempo de Gaitán. La incoherencia se instala porque el juicio se hace a partir del personaje histórico creado y no desde el hombre que vivía su tiempo.
Toda historia, como el relato de nuestra propia vida, suele ser una edición. Y los historiadores escribimos sabiendo lo que ya sucedió, de modo que nos vamos al pasado a encontrar las piezas que encajen en el resultado que ya conocemos; huyéndole a las paradojas, saltando los vacíos. Quizá seríamos más honestos si en vez de tratar de blindar nuestro trabajo, cobijados en una objetividad que no existe, fuéramos capaces de poner en evidencia nuestra contradictoria humanidad y la de los personajes que tratamos de historiar.