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Le dijeron al país que aquello se había acabado. Que el Gobierno de entonces había manejado tan bien el proceso de reinserción del paramilitarismo, que incluso, no le había temblado la mano para firmar las órdenes de extradición hacia los Estados Unidos de sus más reconocidos jefes.
Nos hicieron creer que aquellos hechos ya pertenecían a la historia, y que a lo sumo, el recuerdo de su presencia daría para que se convirtieran en tema de estudio de los ‘violentólogos’ de la Universidad Nacional, especializados en el pasado reciente de la nación.
Algunos hasta silbaron una tonada ripiada y miraron hacia otro lado, cuando volvieron a ver a los aliados del paramilitarismo sumados, junto a sus delfines, a la bulliciosa caravana electoral del momento. Hubo quienes aceptaron que un psiquiatra respetado, cuyo libro alcanzó tanto éxito que se vendía pirateado en los semáforos, terminara como un vil prófugo enviando mensajes desesperados desde la clandestinidad. El hombre se había alejado de la ternura para participar en una de las escenas más célebres de la superproducción sobre la reinserción, que contrató cientos de extras para que hicieran, por unos cuantos pesos, el papel de desmovilizados. Quizá, dentro de esta filosofía de sagrado corazón, de huesitos y carnitas, creyeron que era la cuota de sacrificio por el bien de la nación.
Se equivocó la paloma, dijo el poeta Rafael Alberti. Algo había cambiado profundamente en los últimos años en el imaginario colectivo nacional. Muchos se sumaron a la estética populista engañosa, y aplaudieron el chapoteo de su presidente en los ríos, las exhibiciones de caballista experto y el uso de un lenguaje de machos con el que prometía a los gritos darle a alguien en la jeta. Luego, cuando aparecieron las posibilidades de transitar otros caminos diferentes a la guerra, los que tuvieron las manos siempre prestas para aplaudir se aferraron a los teclados. Desde allí, acorazados por su mezquindad política, han decidido dar el debate más ramplón y pobre de todos los debates políticos en la historia de la nación.
Lo más grave de todo esto, es que con esa irresponsabilidad de politólogos de redes sociales, y su lenguaje temerario y pendenciero, practicado desde la seguridad de los escritorios, lo que están haciendo es abonarles el camino a quienes, armados, ya empezaron a dar muestras del peligroso panorama en el que entrará la nación. Aquello que dijeron que ya no existía, está aquí. Y tiene la fuerza suficiente para realizar paros armados, quemar vehículos en las carreteras, asesinar policías a pleno luz del día en las ciudades del país, y crear una ola de pánico generalizado.
Como en los viejos tiempos, en los días recientes, las calles de varios pueblos de la nación permanecen solitarias. Impusieron el toque de queda a sus habitantes e hicieron cerrar tiendas, cafés, bares, restaurantes, escuelas, hospitales y hasta alcaldías. Todo parece indicar que estamos otra vez en los tiempos en que las familias por las noches se encerraban temprano; veían la televisión sin volumen, y trataban, a toda costa, de que la luz de la pantalla no se percibiera desde la calle. Porque siempre habrá miserables a quienes les fastidia la luz de la paz.