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En el patio de la casa del Marqués de Valdehoyos, en Cartagena de Indias, siempre hubo sonidos. Y quizá es necesario afinar bien el oído histórico para escuchar no solo el tintineo de las cadenas, el arrastre de los grilletes, el chasquido del zurriago. No es, ni más faltaba, la negación de la infamia. Es el reconocimiento de que, pese a la infamia, no hubo un día en que aquellas personas puestas en condiciones de desventaja no buscaran la forma de que sus vidas fueran mejores; y para eso, lucharon de frente, usaron las estrategias del subterfugio, negociaron o le hicieron creer a sus amos y a los poderosos que negociaban. El ejercicio de las tretas del débil es un arte.
En la afinación del oído está la posibilidad de reconocimiento de la capacidad de agencia de la gente negra y el entendimiento de que sus vidas no se reducían a la condición de esclavizados, puesto que toda esclavitud es negación de la humanidad. Hay que afinar el oído para escuchar, no solo el ruido seco de los barriles de harina estrellándose en el silencio de las bodegas ni el pujido de esfuerzo de quienes los acarreaban, sino también, por ejemplo, el sonido de las manos negras amasando la harina y el chirrido del aceite de la manteca de cerdo hirviendo en las pailas de acero. Porque la cocina, en la limitación de las acciones y los escenarios que eran definidos por las lógicas de la esclavitud, era una manera –como lo dijo el gran caribólogo Sidney Mintz– de crear y saborear una forma de libertad.
Cuando el Reinado Nacional de la Belleza –inaugurado en 1934– usó los patios de esa casa para algunas de las actividades de su programación, quizá el certamen estaba en su elemento. Durante un buen tiempo se sintió el taconeo de las reinas en casa de la marquesa y alguna vez se escuchó con fuerza el corrillo que se armó –adentro y afuera– por la presencia de un miembro del jurado descendiente directo de los viejos marqueses.
Pero hubo memorias de sonidos con mayor arraigo. Tal vez porque la soberanía de la casa siempre estuvo más allá de los rituales de la aristocracia. Durante mucho tiempo, las oficinas del Festival de Música del Caribe, que se empezó a celebrar todos los años en Cartagena desde 1982, funcionaron en la casa. A través del foro Caribe que se desarrollaba en el patio a la par de las presentaciones musicales en otros escenarios, los sonidos herencia de la diáspora trasatlántica, en la que el gran Caribe operó como bisagra, llenaron de certeza la intuición y se convirtieron en una especie de diplomacia Caribe desde la sensibilidad. Definíamos la vocación Caribe que ya intuíamos y aprendimos a mecernos en el péndulo de los sonidos que iban y venían de África al Caribe y del Caribe a África, trayendo y dejando algo en cada movimiento oscilante. Era como si las paredes y los más recónditos rincones de la casa empezaran a soltar los pregones de la memoria que guardaban para entrar en comunicación con los que venían del otro lado.
Convertida en casa de huéspedes ilustres de la Cancillería de Colombia, hoy, en la vieja Casa del Marqués de Valdehoyos, solo se escuchan los sonidos ascéticos de la diplomacia a puertas cerradas. Debería, además de cumplir con las funciones diplomáticas, abrir sus puertas para convertirse en un gran centro cultural donde podamos escuchar otros sonidos, más allá del ruido del debate por la crisis en la producción de pasaportes.