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La cartografía es, sobre todo, producto del poder.
No hay nada que haya estimulado más la creación de mapas que la guerra y las intenciones de dominación sobre los territorios. Un mapa —como ha dicho el investigador tailandés Thongchai Winichakul— no es solamente una abstracción científica de la realidad, sino también una herramienta donde se depositan los propósitos y los deseos sobre un espacio. En tiempos de dominación imperial, y allí está la cartografía histórica del Caribe, de Asia y de África para ilustrarlo, un mapa era un modelo de lo que se pretendía representar.
En la construcción de una cartografía del poder, la dominación y la guerra, Colombia tiene una vasta tradición. Desde que se intentó fundar el Estado Nación, cuando todavía los cadáveres insepultos de las batallas por la independencia no habían acabado de descomponerse, empezamos a construir los mapas para ubicar a los otros, a los enemigos. Nos hemos pasado buena parte del tiempo en el ejercicio de señalar en los mapas de la Nación a los federalistas, a los centralistas, a los bolivarianos, a los santanderistas, a los gólgotas, a los draconianos, a los liberales, a los conservadores, a los comunistas, a los bandoleros, a los pájaros, a la chulavita, al Ejército, a los guerrilleros, a los carteles de la droga, a los paramilitares. Nuestros mapas están llenos de puntos y manchas rojas. Manchas de sangre de las múltiples masacres, manchas dejadas por el llanto de las víctimas, manchas del salitre que sudan los desplazados.
A pesar del cacareo delirante de los de siempre, la reciente firma de los acuerdos entre el Gobierno y las Farc pone al país en la inédita situación de refundar, por fin, la cartografía de la Nación. El reto, quizá mayor que haberse sentado en la mesa para sacar adelante unos acuerdos históricos, es empezar a trazar mapas sin el pulso tembloroso de la guerra. Porque vivir en paz no implica solamente la ausencia de conflictos bélicos; vivir en paz conlleva a entender la pluralidad de voces y a reconocer los relatos, las memorias, las maneras de comunicarse, los lenguajes, es decir, la experiencia de vida del otro como parte constitutiva del proceso de construcción de la nación.
El desafío es delinear nuevos mapas que no sean dictados por la guerra, sino precisamente por los compromisos gubernamentales aplazados por ella. Para nuestro país, derrotar la dolorosa guerra es también derrotar una excusa. Es el momento de desempolvar las agendas históricas postergadas, a tono con la complejidad de los nuevos tiempos, y darles la bienvenida a las recientes. Tenemos el compromiso de reinventar los mapas para ubicar allí los nuevos propósitos, las nuevas expectativas.
A los que creemos que ya es tiempo de poner fin a esta guerra de más de medio siglo, a los que preferimos ver a Timoleón Jiménez con un bolígrafo en la mano que con un arma de fuego, se nos antoja pensar que el gesto de Santos de regalarle un esfero diseñado con el cartucho de una vieja bala de fusi, es un símbolo de la necesidad de que empecemos a construir una nueva cartografía y a buscar otras formas de narrar la Nación.