Sed

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Los habitants de San José del Playón, corregimiento de Marialabaja, al norte del departamento de Bolívar, conocieron de frente el terror de la guerra. Aún es recordado el 18 de agosto de 1999 como el día de “la quema”. Ocurrió en la madrugada. Los hombres de las Auc quemaron las casas, los carros en que los campesinos transportaban las cosechas, y los graneros. Asesinaron a cinco personas. Pocas para lo numerosas que podían ser las masacres en la región. Muchas, demasiadas, cuando se trata de arrebatarle la vida a alguien. Una de esas cinco personas era una mujer embarazada cuyo cuerpo quedó impregnado en la memoria. Dicen que los paramilitares se la llevaron y que luego la dejaron tirada por allí. Dicen que le abrieron el vientre y que le sacaron su niño y se lo pusieron sobre el pecho. Dicen que luego le cerraron la herida mortal con alambre de púas.

La barbarie de la guerra produjo desplazamientos forzados por todo el territorio y las tierras que cultivaban plátano, ñame y yuca se transformaron en sombríos paisajes sembrados de palma. La tierra entonces empezó a alimentar los bolsillos de los grandes industriales y los campesinos empezaron a conocer el hambre. El uso del suelo cambió con el conflicto armado y sólo unos pocos se beneficiaron. Los campesinos, en cambio, lo sufrieron todo.

Casi 18 años después de “la quema”, la comunidad de San José del Playón aún padece los avatares del olvido, las injusticias y la ausencia del Estado. El distrito de riego que nace de la represa de Playón cubre 19.600 hectáreas de tierras cultivables, pero parece que se le da prioridad a 11.200 hectáreas sembradas con palma de aceite en Marialabaja. Mientras tanto, los campesinos de San José del Playón no tienen agua. Se ven obligados a caminar dos kilómetros para buscar agua de un pozo, detrás de terrenos sembrados de palma, y devolverse los mismos dos kilómetros a casa con un tanque de agua en la cabeza y otra olla en la mano, bajo sol, para distribuirla entre las labores de cocina, el aseo personal y los animales. Tienen sed.

Pero además el agua de la represa está contaminada. La siembra indiscriminada de palma parece haber llegado a terrenos cercanos a la represa que, con la lluvia, arrastran al cuerpo de agua una serie de deshechos tóxicos de la palma que envenenan el agua y producen mortandad de peces. Agua hay, pero para la agroindustria que enriquece a unos pocos. Agua hay, pero no para los campesinos. Agua hay, pero envenenada, que produce muerte de peces y enfermedades en los niños.

Los habitantes de San José del Playón, desesperados, decidieron cerrar las compuertas del distrito de riego y luego cerraron la carretera que va de Marialabaja a San Onofre. Más o menos dijeron: “Si no hay agua para los seres humanos, no habrá tampoco para las matas de palma”. Aún así, las autoridades se han hecho las sordas. Una vez la incomodidad aumente, se sentarán a negociar con ellos sobre los mismos pactos de siempre con la intención de incumplirlos.

Ya sabemos los resultados nefastos de darles el agua a las industrias y quitársela a la gente. Produce desnutrición y muerte. Los intereses económicos en La Guajira han hecho desastres con el agua de las comunidades; de la misma manera se está priorizando el agua en Bolívar. La palma chupando agua descaradamente y un pueblo entero muriéndose de sed.

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