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Queridos ambos,
Vociferar acaso usted no sabe qué títulos tengo podría ser una versión alterna de la nunca oída acaso usted no sabe quién soy yo. Solo que esta vez, en lugar de querer evadir la ley con una justificación que la mira por encima del hombro, que la desprecia porque conmigo no se meten, porque acá en este lodazal el que manda soy yo, de lo que se trata es de sorprender a un incauto, de buscar sus reverencias porque ahora sí llegó el que sabe, el que les viene a enseñar el camino. Así como de moda estuvo el pusilánime de turno que le grita a un policía que la ley le importa un comino porque sí, porque eso es para los que no son nada, llegamos ahora a su evolución: la del político timador y mentiroso que se burla de los incautos mientras escupe, en solapas de libros, en conferencias, en hojas de vida y en entrevistas, diplomas de títulos inexistentes. Le ocurrió a Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, que un par de no tan incautos lo agarraron en su mentira. Le ocurrió también, mientras se burlaba del primero y se aprovechaba para sus intereses políticos, a Gustavo Petro, ex alcalde de Bogotá. La mentira la publicaron en entrevistas, en libros, en argumentos para tratar de ganar, en algunas hojas de vida que circularon por años en Internet. Petro usó la engañosa expresión “con estudios de doctorado en…”. Peñalosa reía en silencio, satisfecho y lleno de sí mismo, cada vez que alguna publicación, local o extranjera, lo trataba con la reverencia con la que se mira a los doctores, a los que están en la verdad.
¿Qué buscan? ¿Qué le dice a Bogotá, a sus ciudadanos, a nosotros, que sus últimos dos alcaldes engañaran deliberadamente sobre sus credenciales académicas? Empiezo por la segunda pregunta. Primero, lo obvio: que nos vieron cara de pendejos. Pero también lo obvio en la práctica: ambos, sin distinción, son unos mentirosos. Ya decía Porfirio que el mentir, mucho más que el reír, es lo propio del hombre. El filósofo ruso Alexandre Koyre anota en sus Reflexiones sobre la mentira que quien miente lo hace por el placer de ejercer esa facultad asombrosa de “decir lo que no es” y de crear, con su palabra, un mundo del cual es el único responsable y autor. ¿Cuál es, pues, ese mundo que ambos, Petro y Peñalosa, han tratado de crear con sus mentiras? Vuelvo, entonces, a la primera pregunta, ¿qué buscan? Pasar por encima de cualquier cuestionamiento sobre sus planes de ciudad, sobre sus políticas, sobre sus afirmaciones, porque “somos nosotros los que sabemos”. ¿Alguien se atreve a cuestionarlo?, no lo haga, que acá están los títulos que lo demuestran. Oímos todos ese argumento a Peñalosa cuando, criticando a Petro, vociferaba que el técnico, el buen administrador, era él, el doctor Enrique, y no Petro, un improvisador irresponsable. Y con ese discurso se hizo elegir.
Vanidad. Que los dos, Petro y Peñalosa, decidieran conscientemente engañar o permitir el engaño, dejar crecer la narrativa sobre sus supuestas virtudes, es prueba contundente de su carácter vanidoso, de lo tanto que su mundo, el creado por ellos, los convence, los seduce. El que no está ni seducido, ni convencido, es decir, el que hace preguntas, el que cuestiona, no existe, no está, no es. Nada de esto es menor. El problema no es la inexistencia de los títulos, que hayan mentido u omitido sobre ellos, no, el problema es que así, bajo esa lógica, gobiernan. No entienden el valor ya perdido de la honestidad, de la decencia. Pretenden, siempre, que nadie haga preguntas, que nadie critique, pero ya no con la amenaza de las armas de los dictadores, sino con la amable máscara de una reputación mentirosa. Petro, en un extenso artículo en El Espectador, muestra que él sí ha hecho una especialización y que algo le faltó de la maestría. Luego culpa a la prensa de todos sus males. Esa misma prensa que también desenmascaró a su archienemigo Peñalosa. Nada de esto importará. Ambos, Petro y Peñalosa, han creado con sus palabras un mundo del que son los únicos responsables. Ambos, siempre, culparán a otros de sus mentiras y de sus engaños.