Facebook, Wikis y la miseria

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Años atrás decíamos: nadie es tan feo como en la cédula. Que levante la mano quien no se avergüence de aquella foto en holograma que lo muestra a uno como un criminal malencarado o un bobo de ocasión. Mostrar la cédula como forma de tortura. Pero las cosas han cambiado. Ya no es necesario ocultar la identificación para mantener la autoestima en niveles aceptables. Ahora solo falta inventar una vida paralela. El economista Seth Stephens-Davodowitz, autor del libro “Todos mienten: Big data, New data y lo que Internet puede decirnos acerca de quienes somos realmente”, escribió una columna en el New York Times titulada Que las vidas perfectas de Facebook no te depriman. Empezaba con la máxima más importante de nuestro tiempo: las redes sociales nos están deprimiendo. Luego explicaba lo que todos sabemos pero convenientemente ignoramos; a saber, los otros no pueden ser tan exitosos, ricos, atractivos, relajados, intelectuales o felices como parecen serlo en Facebook. Sin embargo, no podemos evitar comparar nuestra vida interior con las vidas maquilladas, muy maquilladas, de nuestros amigos. Dicho sea de paso, ¿amigos?, ¿cuántos amigos tiene uno realmente?, ¿tantos como en Facebook?

Retomemos. ¿Qué tanto se miente en las redes sociales? Stephens-Davodowitz cuenta un dato maravilloso. Por lo patético, digo. Según datos de 2014 de Spotify sobre lo que escuchan las personas, hombres y mujeres tienen gustos similares; de 40 artistas escuchados por ambos, 29 son los mismos. Pero, y acá la maravilla, los hombres suelen ocultar su interés por artistas considerados más femeninos. Por ejemplo Katy Perry, muy escuchada entre los hombres pero con pocos “me gusta” en Facebook. Los “me gusta” se los llevaron los muy masculinos Kanye West y Kendrick Lamar, así no los escucharan tanto como a Perry. Ustedes entienden, sobre todo las apariencias. Y también el que creo es el motor de todos estos comportamientos tan peculiares: hay que batallar para ser aceptados por los otros, reconocidos en nuestra valiosa singularidad. Ridículo. Lo digo porque el otro efecto perverso de las redes sociales es que han logrado convertirnos en autómatas: restaurante, foto al plato, imagen subida. Concierto, foto, imagen subida. Paseo, foto, imagen subida. ¿Hay que contarlo todo, siempre, todo el tiempo? Dejamos de vivir la vida para verla a través de un filtro, de la pantalla de un “teléfono inteligente”.

Hay otras conductas curiosas. Sabrán algunos de ustedes que hay un grupo cerrado de Facebook con el creativo nombre de Wikimujeres. Una comunidad de niñas bien que dice ser un grupo de apoyo profesional y personal para mujeres y mamás. Tiene poco más de 10 mil miembros. Y tiene un valor incalculable como laboratorio de estudio de la conducta humana. Cada día, en cualquier momento, a cualquier hora, se comparten experiencias que no deberían compartirse con nadie. No solo se ha perdido la intimidad, sino que se permite a voluntad que cualquiera opine sobre vidas ajenas. Preguntas que uno tiene que resolver con la pareja, en el silencio honesto de aquellos que están involucrados, y que terminan en boca de un “grupo de apoyo” lleno de individuos que uno no conoce y que nunca conocerá. Y que, además, no sienten ninguna empatía por esos dramas ajenos. ¿Desde cuándo empezamos a consultar con desconocidos cuestiones fundamentales de nuestras vidas? ¿Para qué sirve eso? ¿A quién ayuda? ¿Estamos tan solos que tenemos que andar contando nuestros problemas para sentirnos apoyados, comprendidos, queridos? En Facebook empezó contándose una vida de ensueño, de libro de fantasía en el que todo era perfecto. Y hemos derivado en una narración patética de cada miseria que nos pasa en la vida. Ya no es suficiente mostrarnos siempre felices, perfectos y tranquilos, ahora hay que generar lástima y pesar. No me sorprendería si, con tal de generar reacciones sobre nuestras vidas, también estemos inventando dramas y exagerando tristezas. Contar para darse lástima. Buscar “me gusta” para quererse.

@espinosaradio

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