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Una cuestión personal

Jorge Eduardo Espinosa
11 de septiembre de 2016 – 09:00 p. m.

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La vida se convierte en una espera. Primero, la duda. Nos sentamos, respiramos hondo, buscamos un calendario, marcamos la fecha del día uno y C cuenta con los dedos, para no equivocarse, hasta el día veintiocho. –Sí, ya llevamos tres días de retraso-, dice C.

Acá, también, la primera vez que conscientemente pensamos, hablamos, actuamos, en plural. Una declaración de principios: todo lo que te pase a ti, me pasa a mí, nos pasa a los dos. Luego, la ansiedad de enfrentar la posibilidad, aquel mareo que pasa de repente y se queda rondando por allí, una incertidumbre que no te deja respirar, que te corta la voz cuando quieres decirle a C que ya, que vamos, que es momento de saberlo. Segundo, la timidez. Uno llega, de la mano, a la droguería. Camina por los pasillos, mira acá, allá, lee las etiquetas, sigue. En el mostrador una mujer pecosa, de estatura media y pelo negro, pregunta qué puede hacer por nosotros. Estamos tan juntos, tan al lado el uno del otro, que lo dice así, incluyéndonos a los dos en la pregunta. La miro y con una sonrisa torpe, nerviosa, contesto –una prueba…- Sí, claro, hay varias marcas. Saca tres, cuatro… de Profamilia es la más económica, una gringa, que vale un poco más… Sí, esa, la cara, digo. C, con esa calma que la ilumina, busca en su cartera, encuentra un billete, paga. La señora, seguramente acostumbrada a ver parejas así, nerviosas, con esa mezcla de felicidad y desconcierto, nos da el paquete y sonríe, cómplice. Salimos.

Tercero, la ansiedad. Uno, digo, el hombre, siempre más cobarde, siempre mirando en la comodidad de la distancia, espera en la puerta del baño, camina por el pasillo de la casa, no puede quedarse quieto, pregunta a cada paso ¿ya, ya, ya? C, siempre estoica, abre la puerta, tiene en una mano la prueba, en otra las instrucciones, -una es que no, dos es que sí-, susurra, repite por segunda vez. Baja las manos, me mira, no hay palabras, solo un largo abrazo que dura cuatro suspiros. Cuarto, sentarse. Porque toca, ante el riesgo de desplomarse por una tormenta de emociones, pensamientos, miedos, alegrías. Quinto, el dato. En los tres primeros meses, un alto porcentaje de los embarazos termina en un aborto involuntario. Sexto, una actitud. C, fuerte en su carácter, delicada en sus maneras, sube un escalón en el nivel de los cuidados. Uno, educado en el mundo de “ellos que las cuidan a ellas”, siente que vino al mundo con el único propósito de protegerla, de construirle una cápsula impenetrable. Cuidarla es, también, una manera de cuidar de uno mismo: tu integridad, C, ya es la mía.

Séptimo, los médicos. Esta pluralidad, esta promesa de presencia, significa estar allí. Entramos juntos al consultorio. La doctora, de pelo corto, gafas gruesas y escritorio con abrecartas, ordena exámenes con nombres impronunciables, prescribe a trazo rápido e ilegible unas vitaminas, hierro, suplementos. Es momento de examinar a C. Sigo sentado, veo las ordenes médicas, las reviso. Octavo, las promesas silenciosas. Por cada examen, una. Prometo no volver a.. si todo sale bien.. me pongo en tus manos si pones las tuyas en ellos… Cuestión de Fe. Noveno, las ecografías. Entramos a un cuarto frío, con pantallas de computador, un plasma, un panel con botones que alumbran en verde fosforescente. Uno, incómodo, que no sabe dónde pararse, qué hacer, se deja llevar. Ambos, con los ojos muy abiertos, mirando una pantalla negra. De pronto, una sombra. Ahí, aquella semilla que mide milímetros, palpita. Y a 104 por minuto. Cinco semanas. Ese plural que nos incluía a ambos, ahora se amplía, se cuenta en múltiplo de tres. Es, tal vez, el momento más emocionante de una vida, el instante en el que todo tiene sentido, el espacio en el que nace un propósito. Décimo, la fragilidad. Cualquier movimiento se convierte en un cuidado, cada paso en un riesgo. Manejar, por ejemplo, cambia. En las trochas bogotanas hay que evitar los sobresaltos, los huecos, las disputas con otros conductores. Undécimo, la admiración. C se marea, siente rebotes, cansancio permanente, dolor de cabeza, vértigos. Hay otros síntomas: una sensibilidad del olfato que prohíbe el ajo en la compra del mercado. Uno, en cambio, sigue físicamente intacto, contemplándola sin saber cómo ayudar, qué decir. C, guerrera. uno, inútil.

Duodécimo, ecografía II. La semilla creció. Tiene ahora el tamaño de un limón amarillo. La mano izquierda, en la que ya se ven los cinco dedos, se mueve frente a la cabeza, como saludando o rascándose la frente. La nariz, de perfil, se mira con sorprendente claridad. Las dos piernas, ya formadas, patalean, suben, bajan, empujan. Los latidos son más rápidos, 190 por minuto, y su sonido más intenso. Esto, sin duda, clasifica dentro de la escasa categoría de los milagros. Ver su silueta, tan parecida a la tuya, te abre los ojos, te abre el corazón. Eres papá, eres mamá, pase lo que pase. Decimotercero, la ropa. Uno, varón que no llora en las películas, descubre de pronto una sensibilidad especial por las cosas pequeñas: medias minúsculas, sacos que caben en una mano, pijamas con dibujitos de animales y capuchas con orejitas. Decimocuarto, la espera. Cada instante es víspera de algo. Ese algo es una vida que es obra de los dos.

@espinosaradio

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