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Senador Uribe, lo invito a teatro. Ya tengo la boleta, la hora y el lugar.
La función le queda a pocas cuadras del Congreso, en el remodelado Teatro Colón. La obra, senador, se llama Labio de Liebre, escrita y dirigida por Fabio Rubiano. ¿Se acuerda de él? Sí, uno de gafas, pelo aplastado como si durmiera con sombrero puesto y nariz aguileña. Venga, atrévase, que la obra dura hora y media y, le anticipo, cuenta algunos episodios ocurridos durante su Gobierno. Sí, el de la Seguridad Democrática, el corazón grande y la mano Firme. En la obra se menciona varias veces la palabra Patria, así, con mayúscula, como tanto le gusta a usted, Senador.
El personaje principal se llama Salvo, Don Salvo. No está en Colombia, no, está en una tierra extranjera en la que siempre hace frío. Y está allí pagando una pena por los crímenes que cometió en Colombia. Pero es una pena menor, unos pocos años de cárcel, algunos meses de aislamiento, una vida sin los excesos de otros tiempos. En su pierna derecha tiene un aparato que delata su ubicación. Por eso, porque se sabe vigilado, no corre, no se escapa, no se aleja de la casa en la que vive.
Don Salvo, un hombre que todo lo que hizo lo hizo por amor a la Patria, porque “había que salvar al país de la escoria comunista”, cree que está injustamente condenado. Allí, sentado en su sofá, recuerda nostálgico aquel día de 2004 en el Capitolio. Esa mañana en la que el Congreso se rindió a sus pies, con ovaciones, lagartadas, esquemas de seguridad, pleitesías solo reservadas para los grandes hombres de la Patria. Incluso hubo dos senadoras, tan queridas ellas, que recorrieron Bogotá buscando los mocasines de marca y talla 43 que Mancuso requería para su presentación en sociedad. ¿Se acuerda, senador? Ya usted llevaba dos años de Presidencia, Colombia recuperaba el rumbo, volvía la seguridad a sus carreteras, a las ciudades, se reducía el secuestro. Eso sí, algunas actividades seguían siendo peligrosas, como dedicarse a la recolección de café, y se vivía un fenómeno extraño que su consejero y ahora colega en el Congreso, el Dr. José Obdulio, llamó “migración”. Otros, que no entendían nada, hablaban de desplazados por la violencia y el conflicto interno.
En fin, pequeñeces. ¿Ya se acordó, senador, de aquel día en que el Capitolio aplaudió a rabiar a Salvatore Mancuso, Ramón Isaza y Ernesto Báez? Yo, que tengo 32 años, no puedo olvidarlo. Tampoco lo pueden olvidar las víctimas, senador, aquellas que fueron asesinadas por la fuerza de las motosierras, la precisión de los machetes y la complicidad de la fuerza pública. Don Salvo, en la obra de teatro, sueña placentero con aquel día mientras van apareciendo en su casa por cárcel los fantasmas de su pasado. Porque nadie, senador, escapa a su conciencia. No importa qué tan lejos vaya, a uno siempre le llega su turno. Esos fantasmas tienen nombres, senador, nombres de campesinos que tenían sueños, familias, culpas. Esos fantasmas, encarnados en una familia de mamá y tres hijos, le piden, le exigen a Don Salvo que se aprenda sus nombres, que los mire a la cara y los reconozca, que les conteste por qué los asesinó, por qué le cortó la cabeza a uno de ellos, por qué violó a la niña, por qué.
Por la patria, contesta Don Salvo, porque si no éramos nosotros los que salvábamos esta tierra de los traidores aliados de la guerrilla, ¿quién? Pero nosotros teníamos que ayudar a todos los señores armados que llegaban al pueblo, le contestan los fantasmas. A ustedes, a los otros, y a todos, le dicen. Nadie escapa de sus culpas, senador. Y sin embargo, estos campesinos que en su dolor representan a tantos otros, no quieren venganza, no quieren más sangre, más muerte, no, quieren que alguien los recuerde, que la gran prensa no los trate más como “campesinos de mierda que huelen a chivo”, que los congresistas que deben representar a ese pueblo no traten con más respeto a los verdugos, a los asesinos, que a los miles de asesinados y descuartizados.
Esa es la reseña de Labio de Liebre, senador. ¿Vamos?