Votar sin miedo

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Con las condiciones reales del sistema político en nuestro país, y con la tendencia de los liderazgos honestos a privilegiar su prestigio sobre los riesgos que implican los quiebres históricos, es difícil que se produzca en Colombia el escenario ideal que yo también deseo. Ese en el que un día podamos votar por una candidatura presidencial de cambio verdadero, que esté acompañada por la garantía de mayorías en el Congreso que aseguren la gobernabilidad tranquila, y que reúnan al mismo tiempo el consenso de la ciudadanía, de los medios de comunicación y del empresariado.

Preocupadas por la distancia entre la oportunidad que tenemos en 2018 y este ideal por el que igual se ha hecho mucho, hay personas que argumentan una serie de cálculos políticos que definitivamente no comparto. Enredos, me parece, que conducen a lo mismo: que gane mejor el chantaje del miedo, que hable mejor la injuria de los que lo siembran, no importa que se mantenga la estratificación de siempre en la que ellos mandan y nosotros nos quejamos, porque nos consolaremos con la otra, la de nuestra conciencia, en la que ellos tienen el poder pero nosotros la razón.

Las elecciones al Congreso están dominadas por una lógica perversa más que diagnosticada. La corrupción funciona como mecanismo de redistribución de recursos controlados por castas familiares más o menos viejas y mafias, en un contexto de enriquecimiento y empobrecimiento fácil, efectivamente inseguro, donde la supervivencia la aseguran demasiadas personas por la pertenencia a una o varias redes de intercambio de favores. Es mucho más que un problema de gente mala y gente buena. El tablero está a favor de quienes juegan sin escrúpulos haciendo muy difícil construir las mayorías que requeriría una transformación serena.

Frente a eso, obviamente sería maravillosa la voluntad de unidad de los liderazgos políticos que están en condiciones de superar sus diferencias. Pero esos liderazgos, como se ha visto tantas veces, están anteponiendo su prestigio ante el riesgo al que los expone el chantaje del miedo, que es también, o sobre todo, para ellos. No se junten con esa chusma, sigan denunciando la vileza de la política en todos lados, les dicen, mientras les muestran el dulce de la alabanza diciéndoles que continúen demostrando que son buenos sin tocar las fibras del statu quo según el parámetro que establecen, precisamente, los dueños del botín.

En ese contexto, a mi modo de ver, si hay una oportunidad de cambio en 2018 es esa que proviene de la fuerza política que ha sido capaz de enfrentar la ilusión de la gente con la lógica perversa del sistema. La que ha articulado las reivindicaciones de los vilipendiados de siempre con las perspectivas de solución del siglo XXI. La que ha tenido que contestar cómo haría cada cosa que quiere hacer porque concentra todas las acusaciones de que propone lo que no puede cumplir. La que ha invitado a la unidad sin frenarse por el chantaje, ni aun por las prevenciones de sus propias bases sobre lo que significa juntarse con otros, proponiendo mecanismos de consulta legítima y no acuerdos de figuras a puerta cerrada. Sí, me refiero a la fuerza política que lidera Gustavo Petro.

El escenario de ascenso de esa fuerza es la adversidad, como no puede ser de otra manera. Contra ella se concentra cada vez más el chantaje del miedo y crecerá cada día, ya lo sabemos. Al respecto, mi certeza es que no hay absolutamente ningún fundamento para acusarle de pretender usar la fuerza del Estado, que incluye al poder de las fuerzas armadas, para reprimir o para instaurar una dictadura. En cambio su historia es la de la denuncia y el rechazo a la represión. No veo tampoco en ninguna de sus propuestas un riesgo de desastre económico, y en cambio sí propuestas audaces para enfrentar el riesgo que existe en nuestro país por la dependencia petrolera y el modelo extractivista que ya nos está desangrando y lo seguirá haciendo si no se somete a una transformación plena.

En las condiciones reales de nuestro país, cualquier cambio necesita, en todo caso, que le demos sentido a la lucha por la paz con esa sencilla ofrenda que realiza la democracia: votar, y hacerlo sin miedo.

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